EL ANTIMAQUINISMO EN EL ESTADO ESPAÑOL EN LOS SIGLOS XIX y XX

Texto de los Amigos de Ludd.

La oposición de las clases populares y proletarias a las máquinas fue un acontecimiento muy común en los diversos espacios del Estado español desde los inicios de la industrialización, siendo una parte de la resistencia general (política, moral, cultural, convivencial y estética) a la imposición por el Estado liberal y el capitalismo de formas perfeccionadas, en comparación con las usadas por el absolutismo, de opresión, degradación, perversión y atomización. Tal resistencia se dio en la industria y, sobre todo, en la agricultura, con un carácter sobremanera tenaz, porfiado y masivo, por lo que sólo pudo ser definitivamente vencida, al igual que las otras manifestación de los modos de existencia del pueblo, con la victoria del franquismo en la guerra civil de 1936-39. El régimen fascista culminó la obra del liberalismo, llevando a cabo lo que este no había sido capaz de realizar hasta el fin, la maquinización general de la sociedad, en especial, la desintegración definitiva de las comunidades rurales parcialmente autónomas, propósito perseguido con particular fijación por la caverna hispana desde al menos la segunda mitad del siglo XIII.

En el presente estudio sólo se tratarán algunos de los casos, aquellos que han sido objeto de estudios específicos más cuidadosos, y se hará, por motivos de espacio, muy sintéticamente, con la esperanza de que nuestras lectoras y lectores profundicen por su cuenta en este asunto, sobremanera enrevesado y complejo.

El sistema fabril aquí tuvo una primera fase, bajo la forma de manufacturas concentradas no maquinizadas, en las fábricas creadas o fomentadas por la corona en el siglo XVIII, de las que la más conocida es el gran establecimiento dedicado a la pañería fina en Guadalajara. También son destacables la factoría de Avila (destinada al laboreo del algodón), los altos hornos de Liérganes y La Cavada, en Cantabria, ocupados en la fundición de cañones, la fábrica de tabacos de Sevilla, etc. En ellos la resistencia de sus operarios a las nuevas y opresivas formas de trabajo se manifestó como huelgas, ataques físicos a capataces y directivos, etc., pero no aún como destrucción de máquinas, seguramente porque estas, en aquellas fechas eran escasas y poco o nada perjudiciales. Pero sí hubo una porfiada resistencia a la generalización del trabajo asalariado (l), percibido por los obreros y obreras de dichos establecimientos como negador de su libertad individual y colectiva, como atentatorio a su dignidad, como degradante en lo físico tanto como que en lo mental y como corruptor de su integridad moral, al hacer del dinero -recibido como salario- factor esencial de sus vidas. Aquellos trabajadores, a juzgar por sus actos, coincidían con Aristóteles en que el trabajo asalariado es una forma de semi-esclavitud, y la ejemplar resistencia que opusieron es una de las causas principales, si no la principal, de los malos resultados  logrados por la casi totalidad de aquellos establecimientos.

Es ese exaltado amor por la libertad y ese elevado sentido de la propia dignidad, estados de conciencia, históricamente constituidos, muy activos en las clases populares de todos los pueblos del Estado español (2), los que explican, también, la enorme resistencia a la
maquinización aquí, lo cual limitó los aterradores efectos de la industrialización, tal como se manifestaron en Inglaterra durante la llamada revolución industrial. Precisamente los ominosos acontecimientos de esta pueden, en última instancia, explicarse por el déficit, así mismo históricamente constituida, de aquellos valores entre las clases populares inglesas. Ello es efecto de que en este país el sistema antiguo de esclavitud fue limitadamente quebrantado en la Edad Media central, por lo cual muchas de sus manifestaciones persistieron, como se evidencia en la Carta Magna de 1225, la reintroducción legal de la esclavitud por Enrique VIII, en leyes de pobres, etc., lo que hace de Inglaterra un país que llega al siglo XVIII con un buen número de instituciones, valores, relaciones sociales, etc., cercanos a los que son comunes en las sociedades esclavistas: indiferencia ante la libertad humana, escasa percepción de la propia dignidad, sobrevaloración de las funciones del dinero y del mercado, servilismo hacia el Estado y los ricos, bajeza e indiferentismo moral, insociabilidad competitiva para con los iguales, avidez inusitada por los placeres materiales y hedonismo maniático, valoración de las cosas consumibles por encima de los seres humanos, etc., todo lo cual creó las condiciones óptimas para la generalización del trabajo asalariado, la imposición del sistema fabril y la maquinización general en el periodo 1780-1900.

Tales formas de conciencia son, al mismo tiempo, causa y consecuencia de la debilidad de la propiedad comunal y de las prácticas de apoyo mutuo en Inglaterra, así como de la fácil concentración total de la propiedad privada en la minoría poderhabiente, con la proletarización de prácticamente toda la población, lo cual ya había sido realizado a finales del XVIII. Ello es muy diferente a lo acaecido en el Estado español, donde la propiedad comunal y las formas de cooperación entre iguales eran sorprendentemente fuertes aún en siglo XIX (3), lo que originó una proletarización bastante incompleta, con un enorme peso de la pequeña propiedad. Esto dificultó la articulación del mercado interior, redujo el uso y circulación del dinero, frenó la concentración de las masas desheredadas en las zonas fabriles y, de ese modo, limitó la industrialización haciendo de España un país “atrasado” según la retórica usada por los apóstoles de desarrollismo y el productivismo.

Yendo ya directamente al objetivo central de nuestro estudio, las manifestaciones de antimaquinismo aquí, comenzamos con los sucesos de Alcoy (Países Catalanes) en 1821(4). Esta población y su comarca poseían ya antes del siglo XVIII una potente industria pañera, en gran medida de tipo doméstico descentralizado, en la que trabajaba un campesinado que complementaba sus ingresos con el cardado, hilado y tejido de la lana. La era de las manufacturas centralizadas en Alcoy se inició con la instalación de la real fábrica de paños en la primera mitad de aquella centuria, proceso que culminó con la introducción de maquinaria a comienzos del XIX, lo que fue un paso crucial hacia la destrucción del relativamente llevadero modo de vida tradicional, pues las gentes comarcanas quedaron obligadas a escoger entre dos opciones igualmente negativas, trasladarse a Alcoy para proletarizarse en sus nuevas factorías, o bien perder sus ingresos por el laboreo de la lana, reduciéndose a las actividades agropecuarias. Por ello, el 2 de marzo de 1821 unas 1.200 personas de la comarca marcharon armadas sobre Alcoy, destruyeron 17 máquinas situadas en el exterior del casco urbano (cuyo valor era de 2 millones de reales) y no se disolvieron hasta que el ayuntamiento les garantizó que serían desmontadas las máquinas del interior de la población. El día 6 de marzo llegaron a Alcoy dos regimientos del ejército, y bajo la protección de sus fusiles se llevó a cabo la maquinización, una vez que un buen número de vecinos fueron encarcelados. Pero el 29 de julio de 1823, unas 500 personas armadas se concentraron ante las puertas de Alcoy con la intención de asaltar la población y, por lo que parece, destruir la maquinaria en uso, intercambiaron disparos con las tropas y con los voluntarios realistas (fuerza policial del absolutismo fernandino, el cual estaba a favor del industrialismo con no menos fervor que el liberalismo), retirándose a continuación. En 1825-26, ante los rumores de que serían una vez más atacadas las máquinas, se reforzó la presencia militar en la ciudad. En 1844 hubo nuevas protestas contra la introducción de máquinas de cardar. Finalmente, en julio de 1873 tienen lugar dramáticos enfrentamientos armados entre las autoridades y los fabricantes por un lado, y los trabajadores por otro, con el saldo de 16 muertos, aunque en ellos la destrucción de máquinas ya no fue meta significativa.

Examinemos ahora los sucesos que culminaron con el incendio consciente de la fábrica modelo de Bonaplata en Barcelona, en 1835, que destruyó completamente sus instalaciones y maquinaria. Esta firma contaba con el activo respaldo del Estado español, que la había financiado y promovido de diversas maneras. En ella se trabajaba el algodón, pero, también, y quizá principalmente, se producían máquinas y se formaban operarios en la aplicación del vapor, siendo de ese modo el “símbolo de la dedicación del Estado a los intereses de la producción nacional”(5). El 5 de agosto de 1835 la fábrica fue incendiada (al mismo tiempo que otros varios edificios de la ciudad), lo que creó una “terrible impresión” en Barcelona, como dice P. Madoz, pues las clases bienestantes vieron como, con actos, las gentes modestas refutaban una de sus creencias más venerada, la teoría del progreso. Sobre quienes realizaron el hecho, y acerca de sus motivaciones, hay una pluralidad de interpretaciones y es difícil alcanzar unas conclusiones fundamentadas, pero es probable que la causa concreta residiera en que al ser el establecimiento de Bonaplata el gran centro constructor de maquinaria del Estado español en la época, era percibido, con razón, como una grave amenaza para las formas de existencia del conjunto de las clases populares de la ciudad.

Otra interesante manifestación de antimaquinismo en Barcelona fueron los sucesos de 1854, en que las clases trabajadores libraron una porfiada lucha contra la generalización de unas nuevas hiladoras mecánicas, las selfactinas. Hubo destrucción de máquinas, quema de fábricas, huelgas y ataques armados a empresarios, teniendo que intervenir el ejército, que llegó a desplegar artillería en el centro de la ciudad (6). Finalmente, se llegó a un acuerdo por el cual los trabajadores transigían con las hiladoras mecánicas a cambio de un incremento en los salarios, lo que muestra la funesta función que el dinero desempeña, al actuar como instrumento con el cual el poder, en bastantes ocasiones, logra finalmente sus objetivos.

Tras citar de pasada la destrucción de máquinas en Béjar (Salamanca) y el incendio de fábricas en 1856 en varias localidades de Castilla la Vieja (7), nos adentramos en unos de los episodios más interesantes, y más difíciles de analizar, del antimaquinismo español, el alzamiento en 1885 de las mujeres trabajadoras de la fábrica de tabacos de Sevilla contra la mecanización de ésta. Esta factoría, fundada en el siglo XVII, era, al establecerse definitivamente en la siguiente centuria, el ejemplo perfecto de la fábrica que luego generalizaría la revolución industrial, una lóbrega combinación de presidio y cuartel, pues estaba rodeada de un foso y vigilada por un destacamento de soldados. Cuando se puso de moda al tabaco de humo, a comienzos del XIX, las féminas llegaron a ser el 99% del personal, dado que proporcionaban a las labores, realizadas manualmente, una calidad superior a la que lograban los varones. En 1885 tenía más de 6.500 operarias.

Lo característico del régimen laboral imperante hasta 1885 era que las relaciones de poder en el interior del establecimiento era bastante favorable a las trabajadoras, situación, como es lógico, poco atractiva para la dirección. Ello se debía a que lo decisivo era la habilidad y el esmero de las obreras, facultades que exigían un largo periodo de aprendizaje iniciado en la infancia. Eran las propias trabajadoras las que llevaban a sus hijas a la fábrica para adiestrarlas en el oficio y cederlas su puesto de trabajo una vez que ellas alcanzaban la edad de la jubilación; por tanto, los directivos no controlaban la admisión de personal. A ello se añadía que la organización del acto productivo dependía casi enteramente de las trabajadoras que se constituían en equipos con jefas propias y horario flexible. Ante ese estado de cosas la dirección poco podía hacer, hasta que se pusieron a punto máquinas. Estas descualificaban el trabajo, que en lo sucesivo podía ser realizado por cualquiera, al dejar de depender de la habilidad de las operarias, lo que hacía innecesario un largo periodo de aprendizaje. Como consecuencia añadida, la dirección se hacía con la facultad de admitir al personal.
En tercer lugar, instaladas las máquinas eran los directivos quienes marcaban el ritmo de la labor, y no como anteriormente, los equipos de trabajo constituidos autónomamente por las propias operarias. En suma, la maquinaria producía un vuelco radical en la correlación de fuerzas en el interior de la factoría, proporcionando a los mandos un poder enorme, del que carecían anteriormente, y reduciendo a las operarias a una situación de reforzado sometimiento.

Pero la maquinización tenía dos graves inconvenientes. Uno era que las labores salidas de las máquinas eran de inferior calidad y los consumidores las recibían con cierta repugnancia, lo que podía llevar a una aflictiva disminución del consumo; otro era la resistencia de las empleadas. En efecto, ante los crecientes rumores sobre la inminente llegada de máquinas al establecimiento de Sevilla las mujeres abandonaron el trabajo para hacer realidad la divisa luego una y mil veces gritada en las calles de la ciudad, “¡Abajo las máquinas que nos roban el pan!” (8). La empresa no podía hacer frente a las colosales pérdidas ocasionadas por el abandono del trabajo de esa enorme masa laboral y tuvo que ceder por el momento, pero sólo para poner a punto una estrategia indirecta de maquinización, que consistió en estar durante bastantes años sin contratar nuevas operarias, hasta que el envejecimiento de la plantilla, su drástica disminución numérica y la promesa de que a las admitidas en el futuro se las adiestraría en el manejo de la maquinaria llevaron a las operarias a ceder, aunque todo ello tuvo lugar bastantes años después, ya en el siglo XX.

El caso tratado es instructivo porque, en su singularidad, contiene muchos de los rasgos que permiten alcanzar un juicio objetivo sobre el sentido y significado universal de la técnica aplicada a la producción en la edad contemporánea. En él constatamos que las
máquinas se introdujeron por causas ajenas a las habitualmente esgrimidas por sus acríticos apologetas, a saber, el incremento de los rendimientos del trabajo, el ahorro de esfuerzo o tiempo en la producción, el aumento de la rentabilidad del capital invertido, etc. Por el contrario, las máquinas se manifiestan en este caso como instrumentos de dominación, como herramientas para dotar a los dueños de la firma de un poder acrecentado sobre los trabajadores objetivo apetecible por sí mismo para ellos, con independencia de la mayor o menor productividad y rentabilidad resultantes. Es también resaltable el que las máquinas originasen una disminución de la calidad de las labores, lo que es rasgo casi universal del sistema fabril tecnificado, el cual no suele ser capaz, al menos hasta el presente, de proporcionar calidad a precios constantes.

Naturalmente, no estamos sugiriendo que los rasgos descritos se repitan en todos los usos de la técnica con fines productivos, seguramente hay casos en que existen só1idas razones productivas o económicas para usar máquinas (otro asunto es saber quién se
beneficia de ello), solo deseamos promover un estado de ánimo escéptico y sereno respecto a la técnica y las máquinas, que se manifieste como análisis ateórico de cada caso particular, a fin de emitir un dictamen imparcial acerca de las ventajas e inconvenientes, considerando los intereses de la civilización como los más cruciales, por tanto, como los que deben servir de criterio básico para realizar el dictamen. Frente a la inculcada tecnolatría al uso no proponemos una tecnofobia axiomática, sino el examen cuidadoso de cada caso. Sólo la acumulación de muchos estudios particulares permitirá, en un futuro no cercano, alcanzar unas conclusiones suficientemente fundamentadas sobre la naturaleza de la técnica contemporánea y acerca de su significado en la vida de la humanidad. Ello evitará cometer el error capital de aquellos (Ortega, Heidegger, etc.) que, con tanta ligereza, se han pronunciado sobre el Ser de la técnica sin esforzarse previamente en la más modesta averiguación de su ser en cada manifestación particular.

Para terminar, someteremos a una apretada consideración el caso más sorprendente de todos, el muy bajo grado de mecanización de la agricultura en el Estado español hasta los años 50-60 del siglo XX (9), asunto que aún no tiene una explicación satisfactoria, a
pesar de la inmensa bibliografía que se le ha dedicado.

Se ha pretendido que fueron los bajos salarios percibidos por el proletariado agrícola la causa principal, pues estos desalentaban las costosas inversiones en maquinaria. Pero resulta que aquellas zonas en que había mayor proporción de braceros y donde, por ello, los salarios tendían a ser más reducidos (bajo Guadalquivir, etc.) fueron las que conocieron una mayor mecanización, ya incluso en el siglo XIX. Otros autores, con más acierto, han establecido una correlación entre las máquinas y el latifundio, formulando una correspondencia entre el grado de concentración de la propiedad de la tierra y el nivel de proletarización del campesinado con el uso de maquinaria. Esto es indudable, pero es aún muy insuficiente.

Quizá avancemos algo más si establecemos con precisión las funciones objetivas de la maquinaria en el agro. Esta, por sí misma no incrementa ni los rendimientos de la tierra ni los de la simiente (10), que son las variables fundamentales, pero, aparentemente al menos, si eleva de forma considerable la productividad de la mano de obra (aunque a costa de la degradación de la calidad del producto final, del modo de hacer el trabajo, de la calidad de los seres humanos que realizan la labor, de las condiciones de existencia en las áreas rurales, de los rendimientos energéticos y del medio ambiente). Las máquinas permiten el desplazamiento de una masa enorme de mano de obra desde el campo a las ciudades y zonas industrializadas. Esta emigración forzada es, ante todo la destrucción de la sociedad rural preindustrial y la construcción de una forma nueva -y peor- de sociedad, hecho que se explica desde la sabiduría convencional por motivos de eficiencia. Pero la mano de obra desplazada sólo a veces encuentra empleos productivos pues en otras muchas ocasiones se ocupa en actividades despilfarradoras y parasitarias que permiten la expansión de la producción suntuaria, de la prostitución, del servicio doméstico, del ejército, de los aparatos represivos y del, en un gran porcentaje, innecesario funcionariado estatal, etc. Por ello, está por probar que la productividad del conjunto de la sociedad se haya elevado con tales procesos migratorios desde el campo a la ciudad y, por tanto, que la riqueza total se haya incrementado con la maquinización agrícola.

En segundo lugar, en el caso del Estado español la marcha del campo a la ciudad ha significado casi siempre un empeoramiento del nivel de vida de las gentes, que han visto incluso reducidos sus ingresos reales y disminuido su bienestar material al hacerlo,
hecho indudable que ya hicieron observar algunos estudiosos en el siglo XIX. Ello no ha sido así en otros países, o lo ha sido en menor medida, pues, por ejemplo en Inglaterra, la pobreza del proletariado rural era tan tremenda en los siglos XVIII y XIX, y sus condiciones de existencia se aproximaban tanto a las de la pura animalidad(11), que la emigración a las áreas fabriles quizá tenía algo de positivo. Pero aquí, dejando a un lado zonas geográficas muy reducidas, no fue así.

Desechados los argumentos de corte economicista y productivista, estamos en condiciones de ir al meollo del asunto, aunque debemos considerar una última objeción. En las zonas de pequeña y mediana propiedad, que aquí eran la gran mayoría, las máquinas podrían haberse adquirido y utilizado cooperativamente, lo cual es muy razonable sobre el papel, máxime teniendo en cuenta las fuertes tradiciones de trabajo en común existentes antaño en nuestros campos, pero el caso es que, salvo algunas excepciones, ello no se hizo. En verdad, las máquinas mayores (trilladoras, cosechadoras, etc.) no aportaban nada positivo a los pequeños campesinos ni siquiera usadas cooperativamente, pues no reducían el tiempo de trabajo para el vecindario de la aldea o población considerado como un todo en las tareas decisivas de la siega, etc., y, al mismo tiempo, incrementaban los costes, por lo que resultaba antieconómico usarlas.

Aclarado esto, debemos precisar un asunto: en realidad, no fueron las máquinas las que, por sí mismas, crearon las condiciones para el desplazamiento de la mano de obra desde el campo hacia las zonas urbanas, pues tales condiciones se había constituido anteriormente por medio de una pluralidad de acontecimientos y decisiones entre los que predominan las de naturaleza política. En los países donde el campesinado había sido despojado de todas sus propiedades, capacidades, valores y relaciones, esto es, donde la comunidad rural había sido dañada de muerte previamente, se produjo a continuación un flujo hacia la industria y hacia la ciudad. Estas, además se desarrollaron poderosamente, porque podían utilizar mano de obra abundante y muy barata, y, al mismo tiempo, porque al haberse casi extinguido el régimen de autoabastecimiento preexistente, se expandió y articuló poderosamente el mercado interior. En tales condiciones la maquinización del campo fue una consecuencia mas que una causa.

En el caso del Estado español el aferramiento de las gentes a las formas de vida preindustriales estaba justificado porque éstas incluían: bienes comunales de importancia que las diversas desamortizaciones absolutistas y liberales no lograron eliminar por completo; bienes particulares (tierras, casas, ganados, aperos, etc.) bastante repartidos; herramientas y utensilios (telares, etc.) de la industria rural descentralizada igualmente muy comunes; la pervivencia del régimen de concejo abierto (en las aldeas) que aún contenía algunos restos de autogobierno(12); unos hábitos de ayuda mutua arraigados, operativos y satisfactorios; un desdén generalizado por el dinero; un gran respeto por los demás seres humanos y por sí mismos que vedaba someterse a prácticas degradantes como el trabajo asalariado (y, por tanto, al imperio de las máquinas existentes, en la medida que éstas son inseparables del régimen salarial); un gran sentido de la propia valía y dignidad, una aguda sensibilidad para lo justo e injusto que impulsaba a enfrentarse con las decisiones ilegítimas del poder constituido, una vivaz y creativa cultura propia, etc. Por tanto, las comunidades rurales resistieron todos los intentos realizados por el Estado y los adinerados para disolverlas y, como consecuencia, se creó una situación en que las máquinas agrícolas carecían de marco político y social para ser utilizadas, salvo en las no muy extensas ni numerosas zonas de latifundio consolidado. Ello explica que dichas comunidades escogieran seguir con su existencia anterior (que indudablemente, con todas sus graves deficiencias, era mejor, o, si se quiere, menos mala, que lo que la gran ciudad y la gran industria ofrecían), por lo que no apreciaron en la generalidad de la maquinaria existente en el mercado nada de interesante (al mismo tiempo que hacían amplio uso de aquella que si les era útil, como las aventadoras).

En conclusión, las máquinas para la agricultura, lejos de ser la solución maravillosa a la pobreza y la escasez, eran meramente el eslabón final de una extensa cadena de hechos impuestos por el Estado y las clases pudientes a las comunidades rurales (e, indirectamente, al conjunto de las clases populares), cuya resultante era la aniquilación de aquellas, la destrucción de un modo de vida para ser sustituido por otro inferior, el urbano e industrial, en el que sólo era -y es- posible llevar una existencia subhumana, caracterizado por el totalitarismo del Estado, el desarraigo, la aculturación, la soledad, la omnipotencia del dinero (por tanto, de los amos del dinero), la destrucción de la familia, la ausencia de toda participación en las tareas de gobierno de la sociedad, el trabajo asalariado incesante y extenuante, la caída continua de la calidad media del individuo, la educación adoctrinadora, la pérdida de la sensibilidad estética, la inmoralidad y el envenenamiento general del aire, el agua y los alimentos. Las máquinas agrícolas sirvieron -y sirven- para hacer estable y perdurable ese estado de cosas, por lo que carecían de marco y sentido en aquellas sociedades, como la de nuestro país hasta 1939, en que tal situación no se había constituido (o lo había hecho de una manera parcial e incompleta). Una prueba de ello es que la maquinización de la agricultura sólo tiene lugar bajo el régimen franquista, pues sólo éste, una vez que hubo ganado la guerra civil, fue capaz de destruir definitivamente la sociedad rural (tarea en que tanto el absolutismo como el liberalismo progresista habían fracasado parcialmente), que es la condición necesaria de la maquinización masiva.

Como hemos mostrado, el movimiento antimaquinista ha sido bastante activo en las naciones del Estado español. Sus magníficos episodios de oposición y lucha, minimizados, desfigurados o simplemente ocultados por la historiografía académica, deben ser conocidas para que sirvan de experiencias dignas de ser consideradas hoy, cuando el repudio activo a la creación y uso de la técnica con propósitos destructivos y descivilizatorios es no menos decisivo que en el pasado.

(1) Donde mejor queda recogido esto es en las pgs. 318, 322, y 362, entre otras, de La industria textil en Ávila durante la etapa final del Antiguo Régimen. La Real Fábrica de algodón, G. Martín García, Ávila 1989, con la advertencia de que la incomprensión que este autor manifiesta respecto a aquel hecho, la resistencia al trabajo asalariado, así como los absurdos improperios que dirige a los trabajadores abulenses, contribuyen a resaltar este vital asunto. También, Estado e industria en el siglo XVIII: la fábrica de Guadalajara, A. González Enciso, Madrid 1980.

(2) Un testimonio se encuentra en Campesinos y pescadores del norte de España, F. Le Play, Madrid 1990. El autor, francés, compila en él sus estudios sociológicos, realizados en el segundo cuarto del siglo XIX, los cuales le muestran el “elevado sentido de la dignidad humana”, pg. 78, y “la elevación moral”, pg. 128, de las gentes modestas aquí, entre otros valores espirituales y civilizatorios decisivos, los cuales, muy correctamente, vincula a la notable supervivencia de la propiedad comunal y de los hábitos de ayuda mutua y cooperación. A conclusiones similares llegaron otros viajeros extranjeros, como el inglés Young, que en el siglo XVIII se maravillaba de “la ausencia de servilismo en la plebe” en nuestro país; citado en pg. 327 de Sociedad y Estado en el siglo XVIII español, A. Domínguez Ortiz, Madrid 1981.

(3) La obra quizá más decisiva entre las varias escritas sobre la naturaleza y significado de la propiedad, la conciencia y la vida comunal tardía en nuestro país es Costumbres comunales de Aliste, S. Méndez, Madrid 1900, un estudio crítico sobre la supervivencia aún a fines del XIX de relaciones de producción, hábitos y valores convivenciales de naturaleza colectivista en la comarca de Aliste (Zamora). Del mismo asunto se ocupa La tierra labrantía y el trabajo agrícola en la provincia de Guipúzcoa, A. Comba,
Madrid 1897, autor que tiene la agudeza analítica de relacionar el escaso porcentaje de jornaleros que había a la sazón en esa provincia de Vasconia con el arraigado hábito existente en el seno del campesinado de servirse los unos a los otros, pues como dice Comba, “todos se ayudan mutuamente”, pg. 38. Por ello el liberalismo, a fin de crear las masas inermes aptas para ser arrojadas al infierno de la producción fabril maquinizada, se ocupó no solo de la expropiación de los bienes comunales en las diversas desamortizaciones, sino también de hacer triunfar el egoísmo, en la forma de interés personal, en el interior de las clases populares, para dejar aislado, y por tanto inerme, a cada individuo ante el Estado y el capital. Así, el efecto resultante práctica del famoso Informe de Ley Agraria, de M.G. de Jovellanos, Madrid 1795, fue imponer al pueblo el egoísmo y la insocialidad, aún a costa de un notorio descenso de los rendimientos agrícolas y pecuarios, así como de una desforestación y devastación medioambiental pavorosas, lo que efectivamente sucedió durante todo el siglo XIX y buena parte del XX al ser aplicado a viva fuerza aquel texto a nuestra realidad por el liberalismo.

(4) La bibliografía básica para estos hechos es Lucha de clases e industrialización. La formación de una conciencia de clase en una ciudad obrera del Pais Valencia (Alcoi
1821-1873), M. Cerda, Valencia 1980, y, Industrialització al Pais Valencia: Alcoi, R.
Aracil i M. García, Valencia 1974.

(5) Pg. 366 de Els origens de la industrialització a Catalunya. El cotó a Barcelona, 1728-1832, J. Thomson, Barcelona 1994. Para el marco histórico en que sucedieron los hechos, consultar Historia de la Real Junta Particular de Comercio de Barcelona (1758
a 1847), A. Ruiz, Barcelona 1994.

(6) Una interesante, aunque, como es lógico, sesgada exposición de estos acontecimientos se encuentra en un artículo del nombrado estadista L. Figuerola “La cuestión de las selfactinas”, incluido en sus Escritos económicos, Madrid 1991. También, Industrials politics del segle XIX, J. Vicens y M. Llorens, Barcelona 1972.

(7) Este caso es llamativo por varios motivos, uno es la decisiva participación de las mujeres en la lucha; otro la gran cantidad de fábricas que fueron entregadas a las llamas por la multitud, en Palencia, Benavente, Medina de Rioseco, etc, un tercero es la dureza de la represión, con 21 personas fusiladas, ver “El motín del pan de 1856 en Castilla la Vieja”. por I.D. Reboredo, en Crisis demográfica y tensiones sociales en la Castilla del siglo XIX, Valladolid 1987.

(8) Pg. 77 de La mecanización en la fábrica de tabacos de Sevilla bajo la gestión de la
Compañia Arrendataria de Tabacos (1887-1945). Lina Gálvez, Madrid 1997. Donde
sí hubo destrucción de máquinas fue en el establecimiento que tenía en Alicante la
compañia de tabacos, pg. 84.

(9) Un texto de síntesis útil para estos asuntos es Trilladoras y tractores. Energía, tecnología e industria en la mecanización de la agricultura española (1862-1967), J.I. Martínez Ruiz, Sevilla 2000. También, El pozo de todos las males. Sobre el atraso en la agricultura española contempordnea. VVAA, Barcelona 2001.

(10) Consultar: La productividad de los factores en la agricultura española (1752-1935), M.A I Bringas, Madrid 2000.

(11) Sobre este asunto, a menudo ocultado por los devotos del modelo inglés, se encuentra una cantidad notable de información en Clase obrera e industrialización. Historia social de la revolución industrial británica, 1750-1850. J. Rule. Barcelona 1990. Pero el texto falla al no preguntarse por las causas de tan patética situación, lo que ayudaría a poner al descubierto el inquietante lado oscuro de la historia de Inglaterra.

(12) Una obra imprescindible para estudiar la supervivencia del concejo abierto como forma parcial de autogobierno popular en una parte de las aldeas de nuestro país hasta la segunda mitad del siglo XX es Los desiertos de la cultura, una crisis agraria, S. Araúz de Robles, Guadalajara 1979. Para el examen del complemento económico de esa institución democrática y fraternal continua siendo útil aún Historia de la propiedad comunal. R. Altamira. Madrid 1890.


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