Tratado de ateología. (Michel Onfray)

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 Introducción:

Para muchos, la vida sin el bovarismo sería horrible. Al tomarse por lo que no son, al marginarse en una configuración diferente de la real, los hombres evitan lo trágico, es cierto, pero pasan inadvertidos ante sí mismos. No desprecio a los creyentes, no me parecen ni ridículos ni dignos de lástima, pero me parece desolador que prefieran las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos. Prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aun al precio de un perpetuo infantilismo mental. Son malabares metafísicos a un costo monstruoso.

Así pues, cuando me enfrento con la prueba de una alienación, experimento lo que surge de lo más profundo de mí mismo: compasión hacia los engañados, además de cólera violenta contra los que les mienten siempre. No siento odio por los que se arrodillan sino la certeza de nunca transigir con los que invitan a esa posición humillante y los mantienen en ella. ¿Quién podría despreciar a las víctimas? ¿Y cómo no combatir a sus verdugos? La miseria espiritual produce la renuncia de sí mismo: crea las miserias sexuales, mentales, políticas, intelectuales, entre otras. Es extraño cómo el espectáculo de la alienación del vecino hace sonreír a quien no toma en cuenta la suya. El cristiano que come pescado el viernes se ríe del musulmán que rechaza la carne de cerdo, que se burla del judío que rechaza los crustáceos… El lubavich que se mece ante el Muro de las Lamentaciones mira con asombro al cristiano arrodillado en un reclinatorio, mientras que el musulmán orienta su alfombra de rezos hacia La Meca. Sin embargo, ninguno piensa que la paja en el ojo ajeno equivale a la viga en el propio. Ni que el espíritu crítico, tan pertinente y siempre bienvenido cuando se trata del prójimo, merecería aplicarse a su propio gobierno.

La credulidad de los hombres sobrepasa lo imaginable. Su deseo de no ver la realidad, sus ansias de un espectáculo alegre, aun cuando provenga la más absoluta de las ficciones, y su voluntad de ceguera no tienen límites. Son preferibles las fábulas, las ficciones, los mitos, los cuentos para niños, a afrontar el desvelamiento de la crueldad de lo real que obliga a soportar la evidencia de la tragedia del mundo. Para conjurar la muerte, el homo sapiens la deja de lado. A fin de evitar resolver el problema, lo suprime. Tener que morir sólo concierne a los mortales: el creyente, ingenuo y necio, sabe que es inmortal, que sobrevivirá a la hecatombe universal…


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