Carta sobre la liberación animal

Gilles Dauvé

Esta carta fue enviada a los autores del libro Beasts of Burden [Bestias de carga], publicado por Antagonism Press, 1999. c/o BM Mahkno,London WC1N 3XX (www.geocities.com/CapitalHill/Lobby/3909).

Este panfleto aborda un problema crucial: dado que el comunismo apunta a la transformación de la vida cotidiana en su totalidad, no puede ignorar nuestra relación con los animales y la forma en que nos alimentamos. En este sentido, Beasts of Burden nos obliga a reconsiderar todo el debate “primitivista”, tarea que esperamos poder abordar algún día.

Puesto que ninguno de nosotros pertenece al PC, cuando decimos ‘el hombre” nos referimos al hombre y la mujer; y cuando decimos “humanidad”, nos referimos a la especie humana.

1. No hubo ningún “giro equivocado” en la historia humana

Es imposible determinar en qué momento y cómo la historia empezó a andar mal. Sin embargo el primitivismo selecciona aquellos datos que supuestamente demuestran sus argumentos mientras rechaza un aspecto de la ciencia (la historia tradicional) y se queda con otros aspectos que también pertenecen al conocimiento capitalista (como la antropología). En lugar de romper con el determinismo marxista, el primitivismo desplaza el énfasis desde las contradicciones económicas a la contradicción hombre/animal. Pero todo “discurso del origen”, ya sea que provenga de Rousseau (1), de los primitivistas o de mí, normalmente dice más sobre su autor que sobre el pasado de la humanidad.

El hecho es que la historia nos informa sobre ciertos acontecimientos que llevaron al hombre a ser lo que es. No demasiados, pero sí los suficientes como para que podamos hacemos alguna idea.

¿Por qué suponer que el cazador fue el primer criminal? Los primitivistas afirman que la agricultura llevó a la acumulación, y de ahí a las clases, etc.; pero ¿qué pasa con la recolección? ¿Acaso no pudo haber existido una acumulación privada de lo que otros recolectaban? Sería igualmente lógico partir de cualquier hecho parecido (la rueda, por ejemplo) y reconstruir diez mil años de historia a partir de ese hecho singular. Pero ningún acontecimiento en particular puede explicarlo todo. Así como el valor no explica por sí solo la existencia del capital, es absurdo elegir un aspecto de la vida alienada y tratar de demostrar que es el causante de todos los demás. Tal punto de vista busca reducirlo todo a una serie de dicotomías formales: recolección versus domesticación, agricultura versus caza, aldea versus ciudad, sedentarismo versus nomadismo, individuo versus sociedad, comunidad versus individualidad, la élite versus el pueblo, poder local versus poder central. Siguiendo este esquema cualquier cosa puede ser tomada como causa primordial de todos los males: la sumisión de la mujer, el sometimiento de los niños, la técnica y las máquinas… ¡Y la guerra, por supuesto!: “todo cambió con la guerra ritualizada y el sometimiento de los prisioneros a lo que más tarde sería el trabajo”.

En realidad, es mucho más probable que todos esos fenómenos hayan ocurrido simultáneamente en el transcurso de unos pocos miles de años. No es que la agricultura haya dado nacimiento a las clases y al poder político. Más bien: antes había “comunismo primitivo”, y luego hubo agricultura + clases + política.

El determinismo marxista (que a veces está presente en nuestros escritos) explicaba la historia por la aparición de un “plusvalor” que sería apropiado por una minoría. Freddy Periman sustituye esto con una determinación hidráulica (2), pero no explica por qué las comunidades locales se dividieron dando origen a las clases y al Estado. ¿Acaso no podrían haber construido y administrado colectivamente los diques y canales, en vez de delegar esa tarea en los “organizadores”? Esta evolución técnica no encerraba necesariamente un curso ineluctable. De ser así, tendríamos que admitir que la humanidad siempre quedará reducida a la esclavitud allí donde aplique sistemas de regadío en gran escala. Existen evidencias de que hubo sociedades cazadoras, recolectoras o agrícolas que no se volvieron opresivas para los seres humanos. ¿Por qué? Nadie lo sabe. No hay explicación de por qué las cosas salieron mal en el pasado, así como no hay garantía de que volverán a ir bien en el futuro.

No podemos tomar algo que nos disgusta (casi siempre con razón), y transformarlo en una causa universal. ¿Por qué no culpar a la pintura rupestre? Está relacionada con el lenguaje, por lo tanto con un poder simbólico que los humanos emplean para violentarse a sí mismos, como afirma Zerzan. Esta explicación es tan válida como cualquier otra, e igualmente irrelevante: toma un solo aspecto de la sociedad como causa de toda ella.

Si tomamos la parte por el todo, la (pre)historia se puede usar para probar cualquier cosa. El vegetarianismo militante puede achacar los males sociales a la ingestión de carne, y contraponerle la vida mucho más saludable que llevan los simios vegetarianos. Aunque también se podría argumentar sólidamente en el sentido contrario, pues parece bastante demostrado que el camivorismo jugó un papel decisivo en una característica esencial de la especie humana: su sociabilidad. Por otro lado, se sabe también que no sólo los predadores, sino también animales como los delfines poseen formas complejas de cooperación, jerarquías, códigos, etc. Los primitivistas consideran la caza como una de las principales causas de la opresión, pero otros la consideran como el origen de la sociedad, mientras que hay un acuerdo general en definir la inteligencia como la capacidad para adaptarse a factores que evolucionan continuamente. Y podríamos seguir: por lo general se admite que los animales predadores tienen muchas más relaciones sociales que sus víctimas. Pero, ¿a dónde nos lleva eso? En un plano más fisiológico, algunos sostienen que el gran desarrollo de pequeños pueblos dedicados a la ingestión de proteína animal (la antigua Grecia, Inglaterra, Japón) demuestra la superioridad del carnivorismo. Pero una vez más: ¿qué significa todo esto? La naturaleza nos proporciona tantas evidencias de lo que sea, que podemos usarla para probar cualquier cosa. Es decir, no sirve para probar nada.

Pero, ¿acaso no es porque los humanos empezaron a ser tratados como cosas que los animales y plantas fueron reificados también? Si objetamos la industria del automóvil no es porque se haya desarrollado sobre el modelo del matadero. Si criticamos el capitalismo es porque la producción de valor lo transforma todo, sea la carne o la poesía, en mercancía. Desde este punto de vista, no tiene ningún sentido exigir que hayan más poemas y menos hamburguesas. Mientras ambos productos rindan beneficios, las fábricas seguirán exprimiéndolos. Puede haber fábricas de cualquier cosa. Es la sociedad de la correa transportadora lo que tenemos que comprender y revolucionar, independientemente de que esté manufacturando carne envasada, pan integral o refrigeradores.

2. Al discutir cualquier asunto (en este caso: carnivorismo versus vegetarianismo), primero tenemos que preguntarnos de dónde han surgido las preguntas

¿Por qué al promedio de los jóvenes urbanos de Occidente, a principios del siglo XXI, le repugna la visión de un hombre vestido de cazador disparando sobre patos o conejos?

La preocupación por la naturaleza, las inquietudes ecológicas y las reacciones al abuso de animales no son síntomas de que la humanidad al fin se está haciendo conciente de su impacto sobre el resto del planeta, sino de que el capital necesita pensar globalmente, tomando en cuenta todo el pasado y el presente, desde los templos maya hasta las ballenas y los genes. Todo lo que el capital domina debe ser controlado y clasificado para poder ser administrado. Todo lo que se pueda comprar y vender debe ser protegido. El capital posee el mundo y no hay propietario que sea más aprehensivo con sus posesiones.

A principios del siglo XIX la burguesía exprimió la vida y la fuerza de trabajo de millones de proletarios. En parte gracias a la acción de los mismos obreros, esta explotación se fue haciendo cada vez menos destructiva y más rentable. Asimismo, hoy en día el capital ya no puede seguir despilfarrando tranquilamente millones de monos o árboles.

No es ninguna casualidad que esta aguda sensibilidad acerca de la condición de los animales aparezca al mismo tiempo que la comida industrializada y los campos de concentración animal. El humanismo y el Estado moderno nacieron juntos. La industrialización de todo (hombres, animales, así como el alimento de ambos) es inseparable de las protestas por los daños causados. En los últimos treinta años el vegetarianismo se ha desarrollado al mismo ritmo que la agro-industria, y en la misma senda han evolucionado nuestros sentimientos: comemos productos naturales envueltos en plástico, pero nos asquea la visión de un animal desangrándose para servir de comida. El hombre moderno quiere carne sin sangre, tabaco sin nicotina, mercancías sin manchas de sudor, guerras sin cadáveres, policías sin bastones, bastones que no dejen hematomas, dinero sin especulación.

En este sentido, las formas más modernas de explotación ayudan a entender las formas más atrasadas.

Lo que está pasando con los animales es un producto degradado de la lucha de clases, del desarrollo de las relaciones entre el Capital y el Trabajo después de las rebeliones de los 60 y 70. Desde esa época los gerentes están tratando de que las empresas sean lugares más seguros y donde se destruya menos (es decir, se haga producir más) al capital más valioso de todos: el trabajo. La explotación animal está evolucionando en el mismo sentido. Se está tratando de experimentar menos con animales a fin de obtener más de ellos, con dolor cuando es necesario, sin dolor cuando es posible: “se está reduciendo el número de animales sacrificados, se están refinando las técnicas que causan sufrimiento y se están reemplazando los animales vivos con simulaciones o cultivos celulares” (Newsweek, 16 de enero de 1989).

Las protestas contra el abuso de los animales van de la mano con la reivindicación general de una sociedad multi-cultural, más abierta, no agresiva.

Es el problema mismo, tal como ha sido planteado, lo que hay que cuestionar. Si uno denuncia la “crueldad” es porque en cambio estaría dispuesto a aceptar un trato “más amigable”. Reclamar contra las condiciones de trabajo degradantes es lo mismo que pedir mejores condiciones de trabajo. Luchar contra el exceso lógicamente supone que uno está a favor de la moderación. Supongamos que esos experimentos atroces (y casi siempre estúpidos) realmente pudieran ser indoloros, e incluso agradables para los animales involucrados. Aún así seguiríamos objetando los estudios sobre el “stress” y los test cosméticos, del mismo modo que si un obrero de fábrica dice ser “feliz” lo consideramos doblemente alienado.

3. Las condiciones de vida humana y animal están empeorando, pero sólo en el sentido de que todo está siendo capitalizado. Así, los horrores más visibles perpetrados contra humanos y animales se están volviendo menos horrorosos en apariencia.

Los defensores de los animales asumen que no sólo las masas humanas sufren de una explotación y empobrecimiento cada vez peores, sino que además los animales están siendo torturados más que antes.

La vida ha empeorado, es cierto, pero no de la forma que los animalistas creen. No hay más hambrunas ni masacres hoy que en 1900 o en 1945. El trabajador occidental promedio de hoy dispone de una dieta más rica y balanceada que en la época de Marx; tiene tanto acceso a comida industrializada como a diversiones o viajes industrializados. La expectativa de vida sigue aumentando, y si disminuye en Rusia es porque Rusia sufre un tipo de capitalismo bastante atrasado. Las maquiladoras no son el futuro del capital; así como la seguridad social y la mendicidad no son la principal fuente de ingresos de los proletarios. Es un error describir un lugar como un infierno simplemente porque nadie lo considera un paraíso.

Lo que hoy es peor que en 1848, 1917 o 1945, es que nunca antes tantos seres vivos y cosas habían sido convertidos en dinero o en procesos que engendran dinero. Nunca antes los seres humanos habían sido tan dependientes de algo que está sobre ellos y… hasta ahora, tan incapaces o reacios a cambiar la situación.

Como afirmaba la IS (3), lo que importa es criticar el bienestar ofrecido por esta sociedad, no la pobreza que nos inflige. Porque ambas son inseparables. Hay tanto horror en la imagen políticamente correcta del amor a los animales como en las masacres que se están perpetrando entre las cuatro paredes de los mataderos. Lo que hacía abominable al mundo de “1984” no era tanto la Policía del Pensamiento o el Cuarto 101, sino más bien el acompasado conformismo de las masas. El amor de Winston hacia el Gran Hermano al final del libro es al menos tan terrible como las torturas que lo llevaron hasta ese extremo.

El capital mutila y humilla a los seres humanos, y mata a millones de animales, es cierto. Pero allí donde el capital se desarrolla y llega a ser “puramente” capitalista, se aleja cada vez más de la tortura y de la violencia abierta. La esencia (y por lo tanto la contradicción) del capitalismo no se encuentra en sus extremos. El genocidio y el exterminio de animales son sólo algunos de los efectos inevitables del capital: no lo definen como tal.

Al igual que la explotación animal, la discriminación sexual y racial forman parte del capitalismo, pero sólo cuando éste los necesita. Con frecuencia los supera y los reemplaza con formas mejor adaptadas. Síntomas de racismo informal o institucional reaparecerán siempre en uno u otro país capitalista, pero en ninguna parte el racismo es imprescindible para el capital. Por ejemplo, el apartheid (4) no era “la” forma del trabajo asalariado en Sudáfrica. Hace quince años, algunos amigos nos decían que las luchas contra el apartheid atentaban contra el capitalismo, puesto que la economía sudafricana estaba basada en la discriminación racial y jamás podría funcionar sin esa base. Pues bien, ahora funciona. Y de hecho, una de las fuerzas que impulsaron el movimiento anti-apartheid, fue la necesidad de mejorar el rendimiento de las empresas…

Es cierto que en McDonald’s se concentran muchos aspectos de la sociedad actual. Pero precisamente por eso, no se puede describir a McDonald’s únicamente como una concentración de males: mala comida, relaciones sociales degradadas para los clientes, pésimas condiciones laborales para los empleados, animales asesinados, dominación de las inversiones y del estilo de vida norteamericano… Todo esto es verdad, pero desde un punto de vista cualitativo no basta para explicar el atractivo y el impacto de la comida chatarra y del trabajo basura. El concepto de comida rápida está ligado históricamente a la idea de comida segura (esos locales cumplen al menos los mismos estándares de higiene que cualquier otro café o bar); así como al concepto de come-solo-si-quieres, no-te-metas-con-los-demás, mínimo-contacto-físico-y-verbal, velocidad… Sin olvidar que se trata de una importante fuente de trabajos esporádicos, principalmente para gente joven. Estas nociones son más que una ideología: expresan la realidad del trabajo y del disfrute en la era de la televisión y el computador. Es explotación, por supuesto, pero la violencia que ejerce sobre personas y animales es sólo un aspecto secundario de la industria de la comida rápida: McDonald’s es tan explotadora y represiva como cualquier otra empresa, pero se reclama (y en cierta medida lo es) amigable con los consumidores, con los empleados y con los animales. Comerse una hamburguesa en un local de comida rápida puede ser menos nocivo socialmente que sentarse a comer en un pequeño pub o café.

El capital toma la vida (en todas sus formas, desde trabajo humano, árboles y vacas, hasta cuentos infantiles y emociones), la replica y nos la devuelve transformada. En eso se diferencia de todos los sistemas de explotación anteriores. En eso radica su fuerza. A diferencia de un vampiro, el capital nos succiona la energía pero nos mantiene vivos y nos hace crecer, producir, comprar y actuar. La producción de valor y el consumismo funcionan porque somos sus agentes activos tanto como pasivos. ¿Por qué son tan populares los computadores? ¿Por qué lo es el deporte?

Antes la ingestión de carne era un símbolo de estatus. ¿Pero a partir de esto no corremos el riesgo de interpretar las cosas al revés? Lo único que podemos deducir de ello es que los dominadores se quedaban con lo que tenía un mayor valor nutricional. Como sea, el trabajador occidental (sobre todo el varón) todavía cree en la sobrealimentación y se deleita comiendo carne, mientras la élite prefiere cada vez más una dieta moderada. Hoy en día ser rico significa frecuentar tiendas de salud extremadamente caras, a menudo orientadas hacia el vegetarianismo. En California, entrar a un local de comida chatarra para las clases bajas y después a un almacén de “comida orgánica” para la clase media, es como visitar dos planetas diferentes.

Hasta donde sabemos, el consumismo abarca cada vez más productos que antes eran privilegio exclusivo de una minoría, y al mismo tiempo esa masificación ha degradado la calidad de los bienes que hace llegar a tantos hogares. La tecnología puede crear productos alimenticios de todas las formas, texturas y sabores. Algún día podrás comprar un pollo hecho de huesos, carne, piel y color idénticos a uno verdadero, pero elaborado a partir de organismos vivos sintéticos, tan sabrosos como uno original, saludables, baratos y en abundancia. Así, los mataderos de aves de corral podrían quedar reducidos al mínimo, reservados únicamente para las clases altas, en condiciones supuestamente libres de dolor y de stress, en granjas diseñadas a la antigua, donde las aves caminarán tranquilamente por un ordenado terreno agropecuario, quizás bajo la supervisión de la RSPCA (5). Mientras tanto las masas desposeídas del mundo semi-industrializado seguirán consumiendo aves faenadas brutalmente, horrorizando a los periodistas occidentales. ¿Ciencia ficción? No más que una fábrica no violenta y amigable con sus trabajadores.

La relación de la humanidad con el resto de la naturaleza refleja la relación entre los propios seres humanos. El capital necesita del abuso, el encierro y la represión, pero su esencia no es más violenta que no-violenta. Trata con dureza cuando tiene que hacerlo y con suavidad cuando le resulta más rentable. Obligar a niños de cinco años a trabajar doce horas diarias era necesario en 1830, pero como muestra la historia, tales prácticas no definen los intereses empresariales. Luchar por formas de explotación no-violentas sólo desplaza la opresión de un nivel al otro. De hecho, la elaboración de comida sintética le está permitiendo al capital hacer realidad de un modo monstruoso el sueño de la bio-alimentación.

4. La cuestión animal sólo se puede comprender si se la aborda como un problema humano

Sería absurdo anteponer la lucha de clases a la naturaleza. El movimiento comunista no reivindica la superioridad del obrero supercalificado frente a la vaca. No estamos tratando de recomponer a la clase proletaria, sino de descomponer a todas las clases.

No obstante, la explotación de los empleados de McDonald’s tiene mayor relevancia histórica que la explotación de las vacas. No porque los humanos sufran más, o porque el sufrimiento de las vacas importe menos. Sino porque únicamente los humanos tienen la capacidad de ponerle fin a McDonald’s.

Los animales no trabajan. Es un error llamar “trabajo” a lo que hace un caballo o un gusano de seda tras haber sido entrenados y obligados a ello. Aplicada a los animales, la palabra “trabajo” adquiere un sentido completamente distinto de las diversas variantes de trabajo que conocemos: trabajo esclavo o servil, trabajo asalariado, trabajo doméstico, trabajo en casa. El trabajo propiamente tal es una actividad organizada por amos, jefes y administradores, donde el trabajador siempre tiene un papel que cumplir en dicha organización. Incluso puede convertirse él mismo en organizador, y por lo tanto tiene la posibilidad de cuestionar la organización misma de su actividad. La “actividad” de los animales no es lo mismo que el trabajo alienado, y tampoco es lo contrario: es otro tipo de actividad.

El movimiento comunista no es una reacción contra el destino de las víctimas, sean humanas o animales.

Cómo se puede cambiar el mundo depende de en qué está basado este mundo.

Camatte, Perlman, los primitivistas y muchísimos “autonomistas” (6) insisten en que el capital ejerce una dominación sobre todas las cosas: suponen que esta sociedad está basada en el control sobre todas las formas de vida, y que el modo de producción sólo sería un aspecto de ese control total. Desde ese punto de vista, lo que tienen en común humanos y animales importa más que aquello que los diferencia.

Nosotros en cambio afirmamos que el capital sólo puede gobernar explotando el trabajo que produce valor: la primera condición para el dominio total del capital es hacer trabajar a los seres humanos.

Todos los casos que ejemplifican la dominación: esclavitud, cercamiento de tierras, deforestación, líneas de ensamblaje… parten de una relación social, una relación entre personas. Es innegable que un aspecto de ello es que los animales sufren; pero ese sufrimiento proviene del hecho de que se puso a trabajar a los seres humanos. Las ovejas no esquilan a otras ovejas.

Una forma de organización del trabajo vino a reemplazar a otra que era menos productiva. La industria de explotación de animales no creó al proletariado: la creación del proletariado fue una de las condiciones que hicieron posible el desarrollo de la industria animal.

5. Ningún estilo de vida es subversivo

Arthur Cravan (7) afirmaba haber desertado de 17 países. Nosotros también somos desertores. Pero no creemos que al desertar del mundo vayamos a cambiarlo; simplemente, no pertenecemos. Si me abstengo de votar no es porque en el fondo de mi corazón prefiera un gobierno laborista que uno conservador, sino porque de acuerdo a mis principios revolucionarios, he decidido no votar. No necesito obligarme a nada. Sinceramente creo que los laboristas no son mejores que los conservadores, y a diferencia de esos izquierdistas que votan por el mal menor, estoy muy conciente de que mi actitud no tiene un impacto relevante sobre nada. En el mejor de tos casos, sirve para ayudar a mantener viva alguna comunidad entre los pocos que no votan por razones similares a las mías.

Abstenerse del mundo no evita que éste siga funcionando. Si no quiero participar en la explotación de nadie. lo mejor es que no compre acciones, me las arregle sin cuenta bancaria y trate de gastar mi dinero lo más rápido que pueda, o lo guarde en casa. ¿Por qué no? Al final de su vida, Jean Genet (8) casi no tenía pertenencias, vivía en hoteles e insistía en que le pagaran en efectivo, a fin de hacer circular su dinero y usarlo como quisiera. No era lo ideal, pero estaba tratando de manejarse lo mejor que podía en un mundo de dinero. ¿Deberíamos tratar de hacer lo mismo? ¿Deberíamos decirle a nuestros amigos que lo hagan?

Al igual que la actitud de Genet, el veganismo es un asunto personal. Algunas actitudes puede que sean definitivamente “malas”, pero no hay ninguna que sea superior a las demás. No tiene sentido buscar las actitudes que más se acercan al comunismo. Genet obtenía sus ingresos del mundo literario en el que estaba inmerso. ¿Dónde se cultiva la soya? ¿Quién la cultiva y a qué precio?

Puede que la actitud menos no-comunista consista en no elegir ningún estilo de vida. Vivir con un mínimo de pretensiones, permanecer tan abierto como sea posible: dormir en un iglú en Groenlandia, en una comunidad india en norteamérica. en una vivienda social en Roma, manejar un camión en Kenya y enseñar inglés en Corea del Sur, ir a beber al Tesco de Battersea con los proletas del lugar y pescar con los habitantes de una isla en el pacífico sur. Ajustarse a muchos hábitos alimenticios y sexuales sin encadenarse a ninguno. Esta actitud dista tanto del que “resiste” aislándose del mundo, como del que se refugia en el micro-mundo de un medio social “alternativo”.

Este imaginario “ciudadano del mundo” o “viajero de la humanidad” no tiene porqué ser tomado como un modelo a imitar. Sin duda él también chocaría con aspectos desagradables de este mundo: su camión podría afectar la vida local en Kenya, quizás algún comensal en Battersea tenga prejuicios racistas, etc. No estamos proponiendo un nuevo ideal tipo “En el camino” (9). Este personaje improbable simplemente nos ayuda a entender que el comunismo significa abrir cada categoría a todas las demás.

Quizás el mayor defecto del veganismo (como cualquier otra visión del mundo basada en una dieta específica) sea la noción de que el hombre es lo que come. El hombre es lo que hace, lo cual incluye lo que come, y todo lo que hace siempre lo hace con otros.

Uno puede ser vegano y comunista; pero también puede ser vegano y no-comunista, o anti-comunísta.

Si en los levantamientos sociales los punk-rockers tienen un papel más importante que jugar que tos aficionados a la ópera, esto no tiene nada que ver con una supuesta superioridad de los Sex Pistols sobre Monteverdi. Más bien se debe al hecho de que los seguidores del punk-rock son de una clase inferior a los que asisten a conciertos en Covent Carden. Los punks nunca serán revolucionarios en tanto punks.

El veganismo se enfrenta al poder simbólico y social de la carne. Ningún vegano piensa que le va a hacer un daño real a la industria de la carne: los veganos actúan contra una imagen. Entonces, ¿por qué no negarnos a usar vehículos motorizados? (es fácil si puedes costearte una vivienda en el centro, pero no si vives en un barrio periférico). ¿Por qué no abstenerse de tener hijos?

Pero si el criterio es ser antagonista a la sociedad, hay que recordar que en la antigua Grecia rehusarse a comer carne era una ofensa contra las relaciones entre dioses, hombres y animales, y por tanto una crítica del orden social; pero en cualquier país católico en 1700 o incluso en 1900, lo subversivo era comer carne el viernes, como de hecho hacían algunos ateos militantes. No se puede tratar de convertir un gesto o comportamiento particular en una norma o anti-norma.

Por el contrario, los que piensan que la humanidad en algún momento de su historia tomó un rumbo equivocado, están condenados lógicamente a luchar por un mundo que se organice específicamente contra ese error original, y esto los lleva, por ejemplo, a reivindicar una dieta especial.

En consecuencia, esta discusión tiene un mérito más: nos recuerda que el mundo no gira en tomo a una gran causa o pecado original. El carnivorismo no es el origen de todos los males. Pero tampoco lo es el dinero, por ejemplo. No es que la humanidad sufra de una enfermedad que el comunismo vendrá a curar. No existe un remedio. Somos escépticos, no médicos. No defendemos la salud contra la enfermedad. El comunismo no es la producción o la vida organizada de otra forma, sin dirigentes, por ejemplo, o sin intercambio de valor. Sólo puede ser definido como actividad, como comunidad. La gente no va a buscar formas de hacer circular los bienes sin usar dinero, sino que van a vivir y a hacer las cosas de una forma diferente, y esa diferencia incluirá la ausencia de dinero: no habrá ninguna necesidad de calcular el tiempo de trabajo promedio requerido para producir algo. Mientras la gente siga pensando que en primer lugar y sobre todo hay que “suprimir” el dinero, o combatir al poder político o cualquier otro mal del presente, ello será una prueba de que no logran imaginar ni hacer las cosas que podrían hacer para vivir sin esos males.

6. El vegetarianismo niega y a la vez reafirma la diferencia radical del hombre

Nadie le pediría a un león que no mate antílopes. La gente da por sentado que la naturaleza debe seguir su propio camino, la llamada de la selva… Sólo al hombre se le pide actuar de un modo diferente. Los vegetarianos conciben al hombre como el animal que es capaz de elegir, que puede decidir no dañar a otras criaturas; y que por lo tanto debe elegir no dañarías. Es decir: le exigen al ser humano actuar en nombre del mismo estatus superior que le deniegan. Afirman que el hombre pertenece a la naturaleza, que la conoce y que en consecuencia no debiera sacar ventaja de ella. No estamos exponiendo una inconsistencia lógica del vegetarianismo para poder refutarlo mejor: lo que refutamos es la posibilidad de demostrar o desmentir la verdad del vegetarianismo. Esta contradicción lógica no es más que otra manera de definir la “naturaleza humana”, o más bien de mostrar cómo la “humanidad” escapa a cualquier definición.

“Lo único que realmente sabemos sobre la naturaleza humana es que cambia. La única predicción que podemos hacer de ella es que cambiará. Los sistemas que fracasan son aquellos que cuentan con la inmutabilidad de la naturaleza humana, en vez de contar con su crecimiento y desarrollo” (Oscar Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo).

A menudo se acusa al hombre de ser “el único ser que mata por placer”. Esta afirmación asume que el asesinato no es o no debería ser placentero. De acuerdo, pero al decir esto apenas rozamos superficialmente los dominios extraños e ilimitados del placer. ¿Qué o quién podría ponerle límites? ¿La razón? ¿La búsqueda del bien común? ¿La comprensión de que mi propio placer depende de la ampliación del placer de los demás, y no de su aniquilamiento? ¡Qué simple… y qué ingenuo! Sade lo entendía mejor. También Fourier. Nada, jamás, va a neutralizar del todo la parte negativa y anti-social de la humanidad.

En términos fisiológicos, el hombre no está capacitado ni incapacitado para ingerir carne. De hecho, no fuimos “hechos” para nada en particular. Es absurdo defender la homosexualidad argumentando que eso también ocurre en algunas especies animales: eso es verdad, pero no nos dice casi nada, aparte del hecho bastante conocido de que la homosexualidad existe. El hombre es parte de la naturaleza y a la vez es distinto al resto de la naturaleza. ¿Cuánto de esto se debe a su posición erecta y a su visión panorámica? ¿Cuánto a factores sociales? Cada época reinterpreta los datos disponibles de acuerdo a su propia perspectiva histórica predominante. El hombre es naturaleza y artificio.

El antropocentrismo (la idea de que el hombre es superior a las otras especies) y el “naturalismo” (la de que el hombre debe reintegrarse al resto de la naturaleza) olvidan que la naturaleza humana sólo busca realizarse como naturaleza humana. El hombre es un ser que nunca sabe bastante lo que él mismo es. Cuando se siente más seguro de sí mismo, como en la sociedad totalitaria (la megamáquina capitalista es una totalidad completamente abarcadora), es cuando se vuelve más destructivo.

Sea lo que sea lo que nos elevó a la condición humana, también puede hacemos caer y andar sin rumbo. Hay algo imposible en la humanidad y nada va a eliminar esa imposibilidad. Si fuéramos chimpancés, gatos o “insectos sociales” jamás habríamos conocido el pastel de manzana, ni el portaaviones, ni esta discusión.

7. Tan absurdo como anhelar una coexistencia pacífica entre nuestra especie y las demás, lo es anhelar una comunidad humana no-violenta

Aunque muy poca gente ha visto un matadero por dentro, hasta un niño tiene alguna idea de cómo un cerdo se convirtió en el jamón que se está comiendo. La conexión es innegable, y cada civilización la maneja a su manera. Las sociedades cazadoras representaban a los animales salvajes en tótems. En la sociedad tradicional se permitía a los niños jugar con los animales que iban a ser faenados para los festejos (una película que mostrara al desnudo esas matanzas/fiestas horrorizaría a los televidentes más que la visión de miles de africanos muriendo de hambre. Ninguna sociedad hasta ahora había llegado a combinar a tal extremo el asesinato en masa y la hipocresía: los animales son tratados como si fueran humanos, sólo que mucho peor).

El pesimista dirá que no se puede hacer nada. El vegetariano tratará de fomentar un mundo donde los humanos no domestiquen, usen ni maten animales. Ambos ignoran una contradicción que los animales también ignoran (el gato no se pregunta si está bien o mal matar al ratón). Al contrario de las recomendaciones pesimistas o cínicas, no podemos simplemente ignorar la suerte que corren los animales. Pese a lo que pretendan los vegetarianos, no podemos tratar a los animales como tratamos a los seres humanos: sólo podemos fingir que lo hacemos. Y no podemos olvidar que el hombre es un animal distinto al resto, que está condenado a saberlo y a hacerse cargo de ello. La existencia humana está basada en esas contradicciones. Cuando nos imaginamos a nosotros mismos convertidos en cadáveres, nuestro amor por la vida se resiente. Cuando nos vemos reflejados en el auge y caída de las civilizaciones, nuestras expectativas históricas quedan deterioradas.

El comunismo va a alterar las relaciones de los hombres entre sí, y entre ellos y todo lo demás, incluidos los animales. Pero lo que va ser alterado serán los términos de la contradicción, no la existencia misma de la contradicción. Puede que en el año tres mil la humanidad no tenga más de cinco millones de habitantes. Y puede que todos sean veganos. Quizás… Aunque limitar de esa forma la dieta sería como limitar el sexo a una sola posición, y la vivienda a un solo tipo de hábitat. Pero aún así, después de todo… ¡por qué no! La cuestión es que nadie lo sabe. Los datos antropológicos sólo sugieren una infinita variedad de impredecibles formas y medios.

La empatía con las criaturas vivas “naturalmente” se extiende a todas las formas de existencia, incluso más allá de lo vivo. Todos sentimos rabia o vergüenza cuando vemos que un cerro ha sido cortado en dos, o eliminado, para abrir paso a una autopista; pero es bastante revelador que no nos sintamos igualmente perturbados cuando vemos el mismo cerro acondicionado como un bonito parque para el encuentro y la diversión.

Desde un punto de vista holístico o cósmico, podemos compartir emociones con la rosa que se estremece cuando siente que está a punto de ser cortada. Alguna gente siente un gusto poco común por las plantas. Una vez un amigo mío se arrojó a salvar un arbolito al que alguien acababa de arrojarle encima un montón de basura. Los amantes de las plantas salvajes puede que se sientan más perturbados al ver flores cortadas que al ver un matadero. Ante su espanto, uno podría argumentar que “las plantas no tienen sistema nervioso”. Y ahí es precisamente donde radica el problema. ¿Dónde debemos poner el límite? ¿Con qué criterio? Un amante de las plantas verá la inocencia en la flor, no en el cordero que se la come. ¿Debemos considerarlo demente? Si uno se horroriza ante la visión de un matadero es porque antes ha clasificado a los seres entre animales y vegetales. ¿Qué dirían de eso los africanos que hacen banquetes de termitas y hormigas? Al menos una cosa podemos asegurar, y es que en el comunismo florecerán mil nuevas clasificaciones.

Como ya tratamos de explicar en otro artículo (10), no estamos afirmando que cruzar la línea sea algo fácil y sin complicaciones. Si todo fuera posible e indoloro en todo momento, eso sólo probaría que todo ha llegado a ser lo mismo, igual, indiferenciado, neutral, sin importancia. No se arriesga nada cuando no hay nada en juego. ¿Quién desea un mundo de ensueño donde la recompensa por no apreciar ni hacer nada, sea nunca resultar herido? ¿Quién querría vivir en un comercial de televisión hecho realidad? Los gustos suponen disgustos, y nuestras preferencias son inseparables de nuestras aversiones. Una de las principales diferencias entre el comunismo y el presente es que en el comunismo la gente no pretenderá que sus gustos, hábitos y dietas sean apropiadas en todo tiempo y lugar.

El viejo debate entre camivorismo y vegetarianismo ayuda más a comprender la “naturaleza humana”, que a saber lo que debemos comer. No hay nada parecido a una dieta “buena” o “natural” (aunqe es innegable que demasiado vodka y papas fritas hacen mal).

El comunismo reconcilia al hombre con el hombre, al hombre con la mujer, al adulto con el niño, al hombre consigo mismo, a los animales humanos con los animales no-humanos, a los humanos con el resto de la naturaleza… pero no en el sentido de que ponga fin a la confrontación. Es imposible prever en qué forma persistiría la violencia en un mundo comunista. Lo que sí sabemos es que los humanos ya no se considerarían ni se tratarían a sí mismos como bestias domesticadas, ni como ángeles. No habrá pecados originales, pero tampoco habrá inocentes.

Algún día los humanos dejarán de tratar a los animales como los han tratado durante miles de años. Pero al hacer esto, los humanos no estarán actuando en contra de sí mismos, ni en nombre de los animales, ni por compasión. Los humanos no van a sacrificar sus gustos alimenticios, ni dejarán de comer carne aún sintiendo deleite por ella, con tal de ponerle fin al sufrimiento de los animales. Van a transformar su actitud hacia los animales y hacia sí mismos porque su manera de hacer las cosas, su actitud total hacia al cosmos, cambiará. Asimismo, la gente no va a dejar de trabajar en las líneas de ensamblaje de Volkswagen porque, aún gustándoles los autos, decidan ir contra su preferencia personal con tal de proteger el ecosistema. Dejarán de hacerlo cuando produzcan una nueva forma de vida, y por tanto nuevos medios de transporte. Para dar un ejemplo más: si deja de haber violaciones, no será porque los hombres se abstengan de violar en nombre del bien común, o porque no quieran dañar a las mujeres, sino porque no sentirán ninguna necesidad de hacerlo.

Vivimos entre dos sueños o pesadillas. Entre la ficción tecnológica del “todo es posible” con sus “desastres naturales”, por un lado; y el mito de la Madre Tierra, más digerible pero igualmente absurdo, por otro. No hay vuelta atrás. ¿Hacia dónde, en todo caso?

La naturaleza no es no-violenta. Tampoco lo es la especie humana. Afortunadamente, no hay ninguna posibilidad de una vida tan dulcificada que haya eliminado toda posibilidad de agresión.

No podemos decir casi nada sobre la violencia contra los animales en el futuro, al igual que sobre la violencia entre los humanos. Sin duda la evolución de esta última afectará a la primera: una sociedad que ya no enjaulara a hombres y mujeres, no enjaularía tampoco a las demás especies tal como lo ha hecho hasta ahora. ¿Qué más podemos asegurar? Que todo sería subvertido, desde vivir en una casa hasta leer un libro. Puede que haya algo profundamente humano en las casas y en los libros, algo que será mantenido y realizado, posiblemente sin la forma de las “casas” y libros” a los que estamos acostumbrados.

Todo lo que sabemos es que una forma de vida diferente, que ahora llamamos comunismo, se las arreglará sin unos cuantos horrores del pasado y del presente, porque la gente ya no necesitará ni querrá perpetrarlos. No pidamos más garantías: no habrá ni puede haber ninguna.

Notas del traductor:

(1) Jean-Jacques Rousseau, filósofo francés del siglo XVIII; en su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres sostuvo que la civilización corrompe al hombre, cuya moralidad estaría asegurada sólo en el estado de naturaleza.

(2) Freddy Periman, uno de los precursores del “primitivismo”; en su libro más conocido, “Against his-story, Against Leviathan”, relacionó el surgimiento del estado y de la opresión de clase con la ejecución de gigantescas obras de irrigación emprendidas en la antigüedad por los pueblos mesopotámicos.

(3) IS, Internacional Situacionista, organización revolucionaria que durante los años 60 desarrolló una profunda crítica de la sociedad burguesa, interviniendo prácticamente en la oleada de rebeliones que sacudieron al mundo capitalista durante ese período.

(4) Apartheid, nombre de la política oficial de sometimiento de la población negra en Sudáfrica, impuesta por la minoría blanca gobernante desde los años 50 hasta 1994.

(5) RSPCA, Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animáis (Sociedad Real para la Prevención de la Crueldad contra los Animales)

(6) Jacques Camatte, militante comunista que en los años 60 rompió con las organizaciones formales, para animar la revista Invariance y en los 70 convertirse en uno de los principales inspiradores de la perspectiva primitivista. El término “autonomistas” engloba a una serie de teóricos influidos por las revueltas obreras de ios años 70, y en ocasiones decididos a falsificar su sentido sin ningún tapujo. Quizás el más célebre de ellos sea Toni Negri.

(7) Arthur Cravan, aventurero francés que al parecer no dejó escritos propios, pero animó publicaciones de vanguardia y frecuentó los ambientes bohemios de Europa en los años 30. Su influencia alcanzó a Guy Debord y los sitúa donistas.

(8) Jean Genet: escritor francés, quien fue abandonado por sus padres a temprana edad, pasó gran parte de su vida en correccionales y prisiones, o vagabundeando, robando y prostituyéndose… Genet es conocido por sus novelas y obras teatrales, así como por su decidida defensa de los oprimidos y humillados por la sociedad.

(9) “En el camino”: novela del escritor norteamericano Jack Kerouak, considerada como detonador del estilo de vida desarraigado y sediento de experiencias proclamado por los artistas beat en los años 50 y 60.

(10) Se refiere al artículo de Dauvé For a Worfd without moral order (Por un mundo sin orden moral).


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