¿Sois anarquistas?

¿Sois anarquistas?

“Al perder su libertad, el hombre pierde su humanidad. Ser humano es ser libre, el hombre es un ser-para-la-libertad.”
(Pierre Clastres[1])

El concepto mismo de anarquista se ha visto fuertemente desvirtuado por la continua influencia de progres e izquierdistas, adeptos a su condición de esclavos, que han infectado con su tiranía de lo políticamente correcto toda iniciativa anti-autoritaria, gentes que han hecho suyas las proclamas burguesas de la Ilustración y el marxismo, hablando del progreso tecnológico y del desarrollo de la producción como puntos clave del desarrollo de una sociedad libre y sin clases, lo cual no deja de ser irónico cuando precisamente ha sido el progreso tecnológico y científico el responsable de extender la dominación a todas las áreas de la vida cotidiana.
Por si fuera poco, muchos hipócritas, oportunistas, vagos y charlatanes a menudo se autodenominan “anarquistas” cuando en realidad sus ideas, de tenerlas, no son ni remotamente parecidas a las que nosotros entendemos propias de un movimiento anarquista sano.

En este contexto, podríamos contestar que no. Que simplemente no somos anarquistas por definición. Que, aunque nuestros argumentos puedan converger con los de algunas ramas del anarquismo, para nosotros lo absolutamente prioritario es detener al sistema tecnológico industrial, sin importar las demás cuestiones políticas, sociales o de organización.

Pero entonces cabría preguntarse, ¿por qué no es anarquista este objetivo?

El anarquista, por regla general, aspira a gestionar de manera horizontal y asamblearia una sociedad intrínsecamente autoritaria. Pretendiendo que serán sus propios integrantes quienes decidan en cada momento lo que es conveniente modificar o no, no hay lugar para promesas de verdadero cambio estructural.
La sociedad de la que hablamos no es autosuficiente, por lo que únicamente puede satisfacer su portentoso consumo saqueando los recursos del resto del planeta, aniquilando a los diferentes pueblos indígenas a lo largo y ancho del mundo y destruyendo numerosos ecosistemas a su paso, desplazando fauna y flora autóctona y provocando situaciones cuasi irreversibles o de muy lenta e improbable recuperación, además de homogeneizar sin remedio la antaño diversidad biológica y cultural. Y dicha sociedad actuará del mismo modo sin importar las manos que pretendan controlarla, pues es una máquina autónoma cuya lógica no obedece a las mismas leyes que rigen la simbiosis y el equilibrio de los que se sirven el resto de organismos vivos. Es inútil pretender modificarla desde dentro, pues en sí misma está podrida y su accionar no depende, en modo alguno, de la voluntad de las personas. Muy por el contrario, son las personas (y el resto de habitantes del planeta) quienes han de adaptarse a su funcionamiento.

La megamáquina no puede otorgar privilegios a todos: para sobrevivir precisa de desangrar aquellas zonas del mundo que denominamos “países pobres”, las cuales paradójicamente cuentan con una gran cantidad de recursos, con objeto de alimentar a aquellos residentes de lo que denominamos “países ricos”, de nuevo paradójicamente, pues son éstos absolutamente incapaces de auto-abastecerse. La megamáquina no entiende de igualdad ni de libertad, la división entre dominadores y dominados no es, en modo alguno, anecdótica ni casual: resulta un requisito indispensable para su correcto funcionamiento.

Dice Clastres[2] que toda relación de poder es opresiva, que toda sociedad dividida está habitada por un Mal absoluto porque es algo antinatural, la negación de la libertad, y que siendo buena la sociedad en la que la ausencia natural de la división asegura el reino de la libertad, es mala aquélla cuyo ser dividido permite el triunfo de la tiranía, pues antes de la división social había, necesariamente, en conformidad con la naturaleza del hombre, una sociedad sin opresión ni sumisión.

Nos dice que las sociedades primitivas son «igualitarias» porque ignoran la desigualdad: un hombre no «vale» ni más ni menos que otro, no hay en ellas superiores ni inferiores, nadie puede más que otro, nadie detenta el poder, el jefe no manda porque no puede más que cualquier miembro de la comunidad.

Lo natural de la dominación queda entonces desmentido por la observación y la convivencia con los diversos pueblos indígenas del planeta Tierra que numerosos antropólogos y etnólogos llevan practicando durante años. La mayor parte de grupos humanos del mundo no han desarrollado estructuras autoritarias, ni separado las diversas esferas de lo cotidiano. No existen en ellos instituciones especializadas que controlen de forma autónoma las diferentes áreas de la vida. Lo social, lo político y lo económico forman parte de un todo conjunto inquebrantable y, por ello, no existe Estado ni órgano alguno que organice la sociedad desde afuera. Nuestra civilización, este “tecnosistema”, no es la norma ni constituye el lógico devenir de toda población humana, sino que muy por el contrario resulta sumamente exótico: de todas las sociedades humanas que han existido en el planeta Tierra y que hoy existen, muy pocas han desarrollado civilización y, de éstas últimas, sólo la occidental ha desarrollado el más efectivo método jamás visto de aniquilación total.

Podríamos contestar que no somos anarquistas, pero tal vez lo seamos.

Porque pretendemos frenar una forma de vida que nada tiene de sostenible ni de natural, que no obedece a ningún principio homeostático básico, que se salta todas las reglas del juego, impidiendo existir al resto de la comunidad de la vida (incluidos todos los demás grupos humanos), tal vez seamos anarquistas.
Por pretender acabar con el eje central del peor sistema de dominación jamás existido, y por pretender en su lugar desarrollar formas de organización, cultura y relación interpersonal, horizontales y anti-autoritarias, fundamentadas en el apoyo mutuo y la autosuficiencia, quizá estemos siendo anarquistas.

Porque aspiramos a recuperar la anarquía original para la que todos los seres humanos hemos nacido, que nuestros antepasados disfrutaron durante más de cien mil años y aún muchos seres humanos siguen hoy día disfrutando, en la medida en que la sociedad moderna se lo permite, quizá seamos anarquistas.

Porque no nos interesa tomar el control de Babilonia, sino destruirla; porque no queremos gestionar una sociedad de esclavos ni administrar nuestra propia muerte; porque no queremos ser parte de un colectivo de abnegados trabajadores que día a día se esfuerza en hacer del aire algo aún más irrespirable, del agua algo aún más venenoso, de lo salvaje un sueño cada vez más lejano y de la libertad un imposible cada vez más inalcanzable, seguramente somos anarquistas.

Muchos no estarán de acuerdo. No nos importa.

Pueden llamarnos como quieran. Somos lo que somos.
Ni más ni menos.

[1] Libertad, desventura, Innombrable. Investigaciones en antropología política. Pierre Clastres. Editorial Gedisa, 1980-2001. Pág. 121.
[2] Ibid. Págs. 121-123.


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