MORALIDAD Y REVOLUCIÓN Por Ted Kaczynski.

(Traducción del artículo “Morality and Revolution” publicado en “Green Anarchist” No., 60-61)

“Moralidad y revolución”, por Ted Kaczynski.
(Traducción del artículo “Morality and Revolution” publicado en “Green Anarchist” No. 60-61)*

“La moralidad, la culpa y el miedo a la condenación actúan como policías en nuestras mentes, destruyendo nuestra espontaneidad, nuestro carácter salvaje, nuestra capacidad para vivir nuestras vidas plenamente… Intento actuar según mis antojos, mis impulsos espontáneos, sin importarme lo que otros piensen de mí… No quiero restricciones en mi vida; quiero que todas las posibilidades queden abiertas… Esto significa destruir toda moralidad”. Feral Faun en “Los policías en nuestras cabezas: algunos pensamientos sobre la anarquía y la moralidad (“The cops in our heads: some thoughts on anarchy and morality) publicado en “La Búsqueda de lo Espiritual” (The Quest for the Spiritual).
Es verdad que el concepto de moralidad, tal y como suele ser entendido convencionalmente, es una de las más importantes herramientas que el sistema utiliza para controlarnos, y que debemos liberarnos de él.
Pero supón que un día tienes mal humor. Ves a una anciana inofensiva pero muy fea; su aspecto te irrita y tus “impulsos espontáneos” te llevan a derribarla y patearle la cara.
O supón que sientes “algo especial” por las niñas pequeñas, así que tus “impulsos espontáneos” te conducen a coger a una niña de cuatro años, arrancarle la ropa y violarla mientras grita de terror.
Me gustaría suponer que no hay ningún anarquista leyendo esto a quien no le disgusten este tipo de actos, o que no intentara evitarlos si viese que están siendo llevados a cabo. ¿Es esto una mera consecuencia del condicionamiento moral que la sociedad nos impone?
Yo afirmo que no. Defiendo que existe una especie de “moralidad” (nótense las comillas) natural, o una especie de concepción de la conducta correcta que actúa como una trama común a casi todas las culturas y tiende a aparecer en ellas de un modo u otro, aunque frecuentemente puede verse suplantada o modificada por fuerzas específicas de cada cultura en particular. Puede ser que esta concepción de lo que es correcto esté biológicamente programada. Sea como sea, puede ser resumida en los Seis Principios siguientes:
1.- No perjudicar a nadie que no te haya perjudicado a ti, ni te haya amenazado con hacerlo.
2.- Principio de autodefensa y revancha: Puedes perjudicar a otros para anticiparte al perjuicio con que ellos te amenazan, o en respuesta a un perjuicio que ellos ya te han causado.
3.- Un buen acto merece otro: Si alguien te ha hecho un favor, deberías desear hacerle un favor comparable cuando lo necesite.
4.- Los fuertes han de mostrar consideración por los débiles.
5.- No mentir.
6.- Mantente fiel a cualquier promesa o compromiso que hagas.

Voy a dar un par de ejemplos de las formas en que los Seis Principios a menudo son sustituidos por tendencias culturales. Entre los Navajo, tradicionalmente, se consideraba “moralmente aceptable” usar el engaño cuando comerciaban con cualquiera que no fuese miembro de su tribu (W. A. Haviland “Cultural Anthropology” – “Antropología Cultural”- 9ª Edición, pág. 207) aunque esto contraviene los principios 1, 5 y 6. Y en nuestra sociedad mucha gente rechazará el principio de revancha: debido a la necesidad imperiosa de la sociedad industrial de mantener el orden social y al potencial desestabilizador que los actos de venganza personal tienen sobre el mismo, somos entrenados para reprimir nuestros impulsos negativos y dejar cualquier forma seria de revancha (llamada “Justicia”) en manos del aparato judicial.
A pesar de estos ejemplos, yo mantengo que los Seis Principios tienden a la universalidad. Pero, se acepte o no que los Seis Principios son hasta cierto punto universales, no creo equivocarme si asumo que casi todos los lectores estarán de acuerdo con estos principios (con la probable excepción del principio de revancha), de un modo u otro. Por consiguiente los Seis Principios pueden servir cmo base para la presente discusión.

Yo sostengo que los Seis Principios no deberían ser respetados como código moral, por las siguientes razones:
– Primero: Estos principios son tan vagos y pueden ser interpretados de un modo tan diverso que no habrá manera de ponerse de acuerdo a la hora de aplicarlos en casos concretos. Por ejemplo, si Pedro insiste en poner el volumen de su radio tan alto que impide dormir a Juan, y Juan debido a ello destroza la radio de Pedro, ¿es la actuación de Juan un perjuicio infligido a Pedro sin causa alguna, o es un acto de legítima defensa de Juan frente al perjuicio que Pedro le está ocasionando? En esta cuestión es poco probable que Pedro y Juan se pongan de acuerdo. (Sin embargo, también hay límites a la hora de interpretar los Seis Principios. Imagino que sería difícil encontrar a alguien, en cualquier cultura, que interpretase estos principios de tal modo que justificase la brutalidad con las ancianas o la violación de niñas de cuatro años).
– Segundo: La mayoría de la gente estará de acuerdo en que a veces es “moralmente” justificable hacer excepciones a los Seis Principios. Si tu amigo ha destruido equipamiento de tala perteneciente a una gran empresa maderera, y la policía viene preguntándote quien lo hizo, cualquier verdadero eco-anarquista estará de acuerdo en que es justificable que mientas y digas: “no lo sé”.
– Tercero: Los Seis Principios no han sido, por lo general, tomados como si poseyesen la firmeza y rigidez de las verdaderas leyes morales. La gente a menudo viola los Seis Principios, incluso cuando no hay justificación “moral” para hacerlo. Es más, como ya he dicho, los códigos morales de ciertas sociedades con frecuencia entran en conflicto y pasan por encima de esos Seis Principios. Más que leyes, estos principios son sólo una especie de guía, una expresión de nuestros más nobles impulsos que nos llevan a evitar hacer ciertas cosas de las que luego podamos arrepentirnos.
– Cuarto: Considero que el término “moralidad” debería ser utilizado sólo para designar códigos de conducta socialmente impuestos que son específicos de ciertas sociedades, o subculturas. Ya que los Seis Principios, de una u otra forma, tienden a ser universales e incluso bien podrían venir programados biológicamente, no deberían ser denominados moralidad.

Asumiendo que la mayoría de los anarquistas aceptarán estos Seis Principios, lo que el anarquista (o, al menos, el anarquista del tipo individualista) hace es reclamar el derecho a interpretar estos principios por sí mismo en cualquier situación concreta en la que se vea involucrado y a decidir por sí mismo cuándo hacer excepciones a estos principios, en lugar de permitir a cualquier autoridad tomar decisiones por él.

De todos modos, cuando las personas interpretan los Seis Principios por sí mismas, aparecen los conflictos porque los diferentes individuos interpretan los principios de maneras diferentes.
Por esta razón, entre otras, prácticamente todas las sociedades han desarrollado reglas que restringen la conducta de un modo más preciso que lo que lo hacen los Seis Principios. En otras palabras, siempre que un grupo de personas estén juntas por un periodo de tiempo largo, será casi inevitable que se desarrolle cierto grado de moralidad. Sólo los ermitaños son completamente libres.

Esto no es un intento de desprestigiar la idea de anarquía. Aún cuando no exista ninguna sociedad perfectamente libre de moralidad, sigue habiendo una gran diferencia entre una sociedad en la cual la carga de la moralidad sea ligera y otra en la que sea pesada. Los pigmeos de las pluviselvas africanas, según los describe Colin Turnbull en sus libros “The Forest People” (“La Gente de la Selva”) y “Wayward Servants: The Two Worlds of the African Pigmies” (“Sirvientes Díscolos: Los Dos Mundos de los Pigmeos Africanos”) son una muestra de una sociedad que no anda lejos del ideal anarquista. Sus reglas son pocas y flexibles y permiten en gran medida la libertad personal (y aún así, a pesar de no tener policías, juzgados ni cárceles, su tasa de homicidios es virtualmente cero, según Turnbull).

Por el contrario, en las sociedades tecnológicamente avanzadas la mecánica social es compleja y rígida, y sólo puede funcionar cuando el comportamiento humano está altamente regulado. En consecuencia, tales sociedades requieren un sistema de leyes y moralidad mucho más restrictivo (Para los propósitos de este artículo no necesitamos distinguir entre ley y moralidad. Consideramos simplemente la ley como un tipo particular de moralidad, lo cual no es del todo descabellado ya que en nuestra sociedad se considera de forma generalizada que es inmoral saltarse la ley). La gente chapada a la antigua se suele quejar de la falta de moral en la sociedad moderna, y es verdad que en ciertos aspectos nuestra sociedad está relativamente libre de la moralidad. Pero yo más bien afirmaría que la relajación de la moralidad que se da en nuestra sociedad en cosas como el sexo, el arte, la literatura, la vestimenta, la religión, etc., es en gran medida una reacción frente a la severa opresión que genera el control del comportamiento humano en otros ámbitos prácticos de la vida. El arte, la literatura y cosas similares son una válvula de escape para impulsos de rebeldía que podrían ser peligrosos si tomasen una dirección más práctica, y así, formas de satisfacción hedonistas como la exagerada indulgencia en lo referente al sexo o la alimentación, o los modernos entretenimientos intensamente estimulantes, ayudan a la gente a olvidar la pérdida de su libertad.

Sea como sea, está claro que en cualquier sociedad cierto grado de moralidad cumple funciones prácticas. Una de esas funciones es la de prevenir conflictos o hacer posible la resolución de los mismos sin recurrir a la violencia (según Elizabeth Marshall Thomas en su libro “The Harmless People”-“La Gente Inovensiva”-, los bosquimanos de Sudáfrica consideran como una forma de propiedad privada el derecho a recolectar comida en determinadas áreas de la sabana, y respetan estrictamente esos derechos de propiedad. Es fácil ver cómo tales reglas pueden prevenir conflictos en relación con el uso de los recursos alimenticios).

Ya que los anarquistas dan un gran valor a la libertad personal, presumiblemente querrán mantener la moralidad en su mínima expresión, incluso aunque esto les suponga ciertas desventajas en lo referente a la seguridad personal o a la consecución de ciertos beneficios prácticos. No es mi propósito tratar de establecer aquí dónde establecer el punto de equilibrio entre la libertad y las ventajas prácticas de la moralidad, pero quiero llamar la atención sobre un punto que con frecuencia es pasado por alto: los beneficios prácticos o materiales de la moralidad a menudo son contrarrestados por el coste psicológico que ocasiona reprimir nuestros impulsos “inmorales”. Entre los moralistas es común un concepto de “progreso” según el cual se supone que la raza humana se hace cada vez más moral. Cada vez más impulsos “inmorales” han sido y son suprimidos y reemplazados por un comportamiento “civilizado”. Para esta gente la moralidad parece ser un fin en sí misma. No parecen preguntarse nunca por qué los seres humanos debemos volvernos cada vez más morales. ¿Qué nos proporciona la moralidad? Si el fin de la moralidad es algo así como el bienestar humano, entonces una moralidad cada vez más minuciosa e intensiva sólo puede ser contraproducente, ya que es un hecho que el coste psicológico de suprimir impulsos “inmorales” llegará, en cierto momento, a ser mayor que cualquiera de las ventajas aportadas por la moralidad (si es que no lo es ya). De hecho, está claro que cualquiera que sea la excusa que inventen, el motivo real de los moralistas es satisfacer cierta necesidad psicológica que tienen de imponer su moralidad a otra gente. Tienden hacia la moralidad para mejorar el conjunto de la raza humana.

Esta moralidad agresiva no tiene nada que ver con los Seis Principios del comportamiento correcto. En realidad es incompatible con ellos. Al tratar de imponer su moralidad a otra gente, bien sea a la fuerza o bien mediante propaganda y educación, los moralistas están ocasionando un perjuicio a gente que no les ha causado ningún perjuicio a ellos (ni tampoco ha amenazado con causárselo), contraviniendo el primero de los Seis Principios. Pensemos, por ejemplo, en los misioneros del siglo XIX que hacían sentirse culpables por sus prácticas sexuales a la gente primitiva, o en los modernos izquierdistas que quieren que todos llevemos una dieta vegana.

La moralidad a menudo también es antagónica con los Seis Principios de otras maneras. Por poner sólo unos pocos casos:

La moralidad de la sociedad moderna nos dice que hay que evitar el suicidio, si es necesario interviniendo por la fuerza. Esto no siempre es una violación de los Seis Principios. En algunos casos una persona puede verse empujada al suicidio por cierta melancolía temporal que pronto se le pasará, y, por tanto, si impides que se mate te lo agradecerá después. Pero hay otros casos en los que una persona tiene buenas razones para suicidarse – para escapar a un sufrimiento prolongado, por ejemplo, o porque en ciertas situaciones la muerte ser la única alternativa compatible con la dignidad individual. Bajo estas circunstancias, impedir que una persona cometa suicidio puede ser extremadamente cruel y una violación del primer principio de lo que es correcto (compárese esto con la actitud hacia el suicidio de algunos esquimales, tal y como los describe Giotran de Poncins en su libro “Kabloona”).[2]

En nuestra sociedad la propiedad privada no es lo mismo que lo que es para los bosquimanos –un mero instrumento para evitar conflictos acerca del uso de los recursos-. Por contra, aquí es un instrumento mediante el cual ciertas personas u organizaciones se arrogan el control sobre inmensas cantidades de recursos que usan para ejercer el poder sobre otra gente. Con esto violan el primero y cuarto de los principios de lo que es correcto. Al exigirnos que respetemos la propiedad, la moralidad de nuestra sociedad ayuda a perpetuar un sistema que está claramente en conflicto con los Seis Principios.

Se espera que los militares maten o se abstengan de matar siguiendo ciega y obedientemente las órdenes del gobierno, se espera que los policías y jueces encarcelen o liberen a personas obedeciendo mecánicamente la ley. Se consideraría algo “contrario a la ética” e “irresponsable” que los soldados, los jueces o los policías actuasen según su propia noción de lo que es correcto en lugar de hacerlo de acuerdo con las reglas del sistema. Un juez moral y “responsable” enviará a un hombre a prisión si la ley le dice que lo haga, incluso si el hombre es inocente según los Seis Principios.

Apelar a la moralidad a menudo sirve como tapadera para ocultar lo que de otro modo estaría claro que es una imposición de la propia voluntad sobre otra gente. Así, si una persona dice: Voy a impedirte cometer un aborto (o practicar el sexo, o comer carne, o cualquier otra cosa) por el mero hecho de que me resulta personalmente ofensivo que lo hagas”, este intento de imponer su voluntad sería visto como una muestra de arrogancia y sería considerado injustificado. Pero si dice tener una base moral para lo que hace y te dice: “Voy a impedirte abortar porque es inmoral”, entonces su intento de imponer su voluntad parece adquirir cierta legitimidad, o al menos tiende a ser más respetado que si no apela a la moral.

La gente que está fuertemente apegada a la moralidad de su propia sociedad a menudo no presta ninguna atención a los principios de la conducta correcta. El profundamente moral y cristiano hombre de negocios John D. Rockefeller utilizó métodos deshonestos para conseguir el éxito, según su admirador Allan Nevins admite en la biografía del magnate. Hoy, es casi inevitable en cualquier empresa financiera a gran escala joder a otra gente de un modo u otro. La distorsión voluntaria de la verdad, lo suficientemente grave como para aproximarse mucho a la mentira, es en la práctica considerada como un comportamiento aceptable entre los políticos y periodistas, a pesar de que muchos de ellos indudablemente, se consideran a sí mismos personas morales.

Tengo frente a mí un folleto de propaganda enviado por una revista llamada “The National Interest” (“El Interés Nacional”).
En él leo lo siguiente:
“En tus manos está la responsabilidad de defender nuestros intereses nacionales en el extranjero y conseguir apoyo para ellos en casa.
Tú no eres ningún ingenuo, ni mucho menos. Crees que, para bien o para mal, la política internacional exige, esencialmente, el uso de la fuerza –o sea que como Thomas Hobbes dijo, cuando no hay acuerdo entre estados, siempre pintan bastos.”[3]

Esto es una defensa descarada del comportamiento maquiavélico [4] en lo referente a asuntos internacionales. A pesar de que es casi seguro que la gente responsable de este folleto que acabo de citar son firmes defensores de la moralidad convencional dentro de los Estados Unidos. Considero que para esta gente la moralidad convencional sirve como “sustituto” de los Seis Principios. Al identificarse con la moralidad convencional obtienen un sentido artificial de la virtud que les permite desdeñar los principios de la conducta correcta sin sentir malestar alguno.

Otra forma en la cual la moralidad de una sociedad es antagónica respecto a los Seis Principios es el hecho de que a menudo sirve como excusa para el maltrato y la explotación de personas que han violado el código moral o las leyes de esa sociedad. En los Estados Unidos, los políticos promocionan sus carreras “siendo duros con el crimen” y defendiendo la imposición de fuertes condenas a aquellos que se hayan saltado la ley. Los fiscales con frecuencia buscan ventajas personales siendo todo lo duros que la ley les permite con los acusados. Esto además satisface ciertos impulsos sádicos y autoritarios del público en general y apacigua el miedo que las clases privilegiadas tienen al desorden social. Todo esto tiene poco que ver con los Seis Principios de la conducta correcta. Muchos de los “criminales” condenados a fuertes penas –por ejemplo, por poseer marihuana- no han violado en modo alguno los Seis Principios. Pero incluso si los condenados han violado los Seis Principios las duras condenas que soportan no vienen motivadas por ningún sentido de lo que es correcto, ni siquiera de la moralidad, sino por las ambiciones personales de políticos y jueces o por los apetitos sádicos y punitivos del público. La moralidad es una mera excusa.

En resumen, cualquiera que observe honestamente la sociedad moderna verá que, a causa de todo este énfasis en la moralidad, ésta en realidad cumple los principios de la conducta correcta de un modo muy pobre. En realidad bastante menos de lo que lo hacen muchas sociedades primitivas.

Salvo algunas excepciones, el principal propósito de la moralidad en la sociedad moderna es facilitar el funcionamiento del sistema tecnoindustrial. Funciona así: Nuestra concepción tanto de lo que es correcto como de la moralidad está fuertemente influenciada por el interés propio. Por ejemplo, yo creo sincera y profundamente que es perfectamente correcto, para mí, destruir el equipamiento de cualquiera que esté talando el bosque. Y uno de los motivos por lo que lo creo así es que la perpetuación de la existencia del bosque permite la satisfacción de mis necesidades personales. Si yo no tuviese una relación personal con el bosque puede que lo viese de otro modo. De forma similar, la mayoría de la gente rica probablemente crean sinceramente que las leyes que protegen su propiedad son correctas y morales; y que las leyes que restringen los modos en que ellos pueden usar su propiedad son incorrectas. No hay duda de que, a pesar de lo sinceros que puedan ser, estos sentimientos están motivados en gran medida por el interés propio.

La gente que ocupan posiciones de poder en el sistema tienen interés en promover la seguridad y la expansión del mismo. Cuando esta gente percibe que ciertas ideas morales refuerzan el sistema o lo hacen más seguro, entonces, bien sea por intereses propios abiertamente reconocidos, bien porque sus sentimientos morales están influidos inconscientemente por el interés propio, ejercen presión sobre los medios de comunicación y sobre los educadores para promover esas ideas morales. Así, las exigencias de respeto hacia la propiedad, y de un comportamiento ordenado, dócil, respetuoso con las reglas, cooperante… se han convertido en valores morales en nuestra sociedad (a pesar de que esas exigencias pueden entrar en conflicto con los principios de lo que es correcto) porque son necesarias para el funcionamiento del sistema. De modo similar, la armonía e igualdad entre las distintas razas y grupos étnicos es un valor moral de nuestra sociedad ya que los conflictos interraciales e interétnicos entorpecen el funcionamiento del sistema. El trato equitativo para todas las razas y grupos étnicos puede ser también un deber según los principios de lo que es correcto, pero no es por esta razón por lo que es un valor moral en nuestra sociedad. Si es un valor moral en nuestra sociedad es porque es bueno para el sistema tecnoindustrial. Las restricciones tradicionales en lo referente al comportamiento sexual se han suavizado, porque la gente que tiene poder ha visto que estas restricciones no son necesarias para el funcionamiento del sistema y que seguir manteniéndolas provoca tensiones y conflictos que son perjudiciales para el mismo.

Particularmente instructivo es el caso de la prohibición moral de la violencia en nuestra sociedad. (Por “violencia” entiendo los ataques físicos hacia seres humanos o la aplicación de fuerza física contra seres humanos). Hace varios siglos, la violencia no era considerada inmoral, en sí misma, en la sociedad europea. De hecho, bajo determinadas condiciones, era admirada. La clase social más prestigiosa era la nobleza, que precisamente por aquel entonces era una casta guerrera. Incluso en los albores de la Revolución Industrial la violencia no era considerada el mayor de los males, y se creía que ciertos otros valores –como, por ejemplo, la libertad personal- eran más importantes que evitar la violencia. En Estados Unidos[5], ya bien entrado el siglo XIX, las actitudes públicas de la policía eran negativas, y se tendía a mantener las fuerzas policiales en estado de precariedad e ineficiencia ya que eran consideradas una amenaza para la libertad. La gente prefería ocuparse ellos mismos de su propia defensa y aceptar así un alto grado de violencia en la sociedad antes que arriesgarse a perder su libertad personal.

Desde entonces, las actitudes hacia la violencia han cambiado profundamente. Hoy en día los medios de información, los centros de enseñanza y todos aquellos comprometidos con el sistema nos lavan el cerebro para que creamos que la violencia es algo que, por encima de cualquier otra cosa, jamás debemos cometer. (Por supuesto, cuando al sistema le resulta conveniente usar la violencia –por medio de la policía o del ejército- para obtener sus propios fines, siempre pueden encontrarse excusas para justificarlo).

A veces se afirma que esta moderna actitud hacia la violencia es el resultado de la influencia apaciguadora del cristianismo, pero esta afirmación es absurda. El periodo a lo largo del cual el cristianismo fue más poderoso en Europa, la Edad Media, fue una época especialmente violenta. Ha sido durante la Revolución Industrial y sus consiguientes cambios tecnológicos cuando las actitudes hacia la violencia se han visto alteradas, y precisamente durante este mismo intervalo de tiempo la influencia del cristianismo se ha visto marcadamente debilitada. Está claro que no ha sido el cristianismo el que ha cambiado las actitudes hacia la violencia.

Es necesario para el funcionamiento de la sociedad industrial moderna que la gente coopere con ella de un modo rígido, como si fueran máquinas, obedeciendo reglas, siguiendo órdenes y horarios, llevando a cabo procesos preestablecidos. Por consiguiente el sistema requiere, sobre todo, docilidad en los seres humanos y orden en la sociedad. De todos los comportamientos humanos, la violencia es el más dañino para el orden social y de ahí que sea el más peligroso para el sistema. A medida que la Revolución Industrial progresaba, las clases poderosas, percibiendo que la violencia era cada vez más contraria a sus intereses, cambiaron su actitud hacia la misma. Y debido a que su influencia era predominante a la hora de determinar lo que era publicado en la prensa y enseñado en las escuelas, gradualmente fueron transformando la actitud de la sociedad entera, así que hoy la mayoría de la gente de clase media, e incluso la mayoría de quienes se consideran a sí mismos rebeles contrarios al sistema, creen que la violencia es el mayor de los pecados. Creen que su oposición a la violencia es la expresión de la toma de una decisión moral por su parte, y en cierto sentido lo es, pero esa decisión está basada en una moralidad que ha sido diseñada para servir a los intereses del sistema y que ha sido inculcada por la propaganda. En realidad, sencillamente, esta gente sufre un lavado de cerebro.


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