"La especie que olvidamos" Publicado en Revista EXTINCION Nº1.

 

1 ¿Qué somos? Una respuesta común a esta pregunta es que somos seres humanos. Esos dos términos son los más usados para autoreferirnos, aunque no digan mucho acerca de nosotros. El ser un humano parece ser algo especial. ¿Pero no es cierto que también somos animales? ¿Porqué no llamarnos a nosotros mismos con este apelativo? Según la biología somos una especie animal del tipo de los Cordados, subtipo Vertebrados, clase Mamíferos, orden Primates, superfamilia Hominoideos, familia Homínidos, género Homo, especie sapiens. Son muchas palabras para describir algo muy simple: somos simios. Sólo lo último – una capacidad intelectual elevada (sapiens) – nos separa de nuestros parientes genéticos más cercanos1, y en cada una de las clasificaciones anteriores hay algo que nos une al resto de todos los animales, ya que pertencer a los “cordados” significa, básicamente, que nuestro cuerpo lo conforman dos lados simétricos, una columna vertebral y un centro nervioso, al igual que todos los demás.

Sin embargo, preferimos alejar estos deshonrosos calificativos de nuestro lenguaje al hablar de nuestra especie, pues la idea de imaginarnos a nosotros mismos como un animal omnívoro con tendencia arborícola (esto quiere decir que estamos genéticamente preparados para consumir ante todo frutos y semillas) que, dependiendo de las estaciones migra para alimentarse, ligado, al igual que todo el resto de los animales, a los ciclos de la naturaleza, no le resulta halagadora a la mayoría. Sin embargo, es asi como vivieron los humanos por mucho tiempo (y hay grupos que aún lo hacen), y no eran “menos evolucionados” por esto, ni correspondían con el arquetipo de “hombre de las cavernas” con la apariencia de un neardenthal – en vez de un sapiens- y un garrote en la mano, que arrastra a su hembra con la otra jalándola de los cabellos. No. Nuestro capital genético es el mismo desde el hace 200 mil años, y considerando que una especie de mamíferos vive en promedio 3 millones de años, somos unos recién nacidos en escala evolutiva. Esto quiere decir que los humanos de hace 200 mil años básicamente eran iguales a nosotros, esto es, sus cuerpos y capacidades eran iguales a las nuestras. Es muy posible que su manera de estructurar ideas haya sido distinta a la nuestra dado que aún no atravesaban el trauma de la civilización, y su lenguaje era menos arbitrario que lo que son las lenguas modernas2.

A pesar de esto, la idea de que somos superiores, aún a lo que éramos, nos inunda. Existe la idea generalizada, la fe ciega en que nuestro futuro está asegurado en manos de la ciencia y la teconología, sin darnos cuenta de que muy pocos humanos accederán a este priviliegio, mientras el resto sufriremos las consecuencias de un juego autodestructivo donde todas y todos jugamos pero ganan los mismos de siempre. Empero, seguimos debastando, seguimos reproduciéndonos, seguimos sometiendo y dominando, como si el mandato del Génesis3 hubiese sido pronunciado ayer por algún dios creador. En cualquier caso, este sería el único mandato divino que se ha cumplido al pie de la letra, ya que cerca de dos tercios de la superficie terrestre han sido ya arrasados por la civilizacion global. Sólo hace falta mirar qué han hecho con África; miles y miles de kilometros de selva convertidos en desierto. Pero no hay que ir tan lejos para contemplar una devastación como ésta en curso: el Amazonas es deborado por las industrias de la soja y la ganadería. La primera para alimentar a la segunda. Y la segunda para enfermar a quienes comen los cuerpos de los animales cuyas vidas y muertes son destinadas a este fin. Tampoco es suficiente saber que el 90% del tiempo que llevamos en la tierra lo hemos pasado “incivilizados”, sin ninguna de las supuestas necesidades que tenemos hoy, y si bien la vida nómade y en contacto directo con el medio natural no resultaba cómoda y alertagada, al menos nuestra existencia dependía de nuestras propias capacidades y de la cooperación entre nosotros y otras especies, y no de la fluctuaciones de la bolsa en Estados Unidos o el humor de nuestros superiores jerárquicos. Tampoco parece ser suficiente saber que entre el 10 y el 20% de todas las especies estarán extintas en menos de 50 años (un cálculo optimista)4. Ante argumentos como estos, surgen frases como “las especies se extinguían antes de que existieran los humanos”, “la extinción es un proceso natural”, o “el ser humano es un depredador natural”, y un largo etcétera. Los poderosos y sus medios de control cultural han hecho tan bien su trabajo que los animales humanos, tan domésticados como su ganado, están condicionados para agachar dócilmente la cabeza y omitir las señales de alerta para seguir siéndoles útiles al capitalismo.

El problema, es cierto, no es que ocurran extinciones, pero si lo es que las prácticas de una especie las provoquen artificialmente. En un proceso de extinción natural existe el tiempo suficiente para que, a pesar de la desaparición de una o varias especies, la biodiversidad no se altere, y hayan “especies de recambio” para el siguiente ciclo evolutivo. La continuidad de la vida queda así asegurada; todo lo contrario a lo que sucede en la extinción actual. Lo cierto es que el industrialismo, camino obligado de una civilización con tecnología tan avanzada como la occidental, ha sido el causante de la multiplicación entre 100 y 1000% de la tasa de extinción de especies en comparación con procesos de desaparición de especies anteriores.

Respecto al supuesto carácter natural de la depredación de los humanos, cabría preguntarse a quién o a quiénes le(s) conviene que pensemos de esta forma. El hecho de generar símbolos donde se asocie a nuestra especie a la idea que tenemos de un animal depredador, no es azaroso, sino una tradición antiquísma que tiene su origen en la caza como símbolo del poderío humano sobre la presa. Actualmente, en el crisol de ideas asociadas a la depredación, aparecen de inmediato, por ejemplo, la imagen de un hermoso león africano cazando y devorando una gacela thompson, o la de un enorme tigre siberiano rugiendo, y esto sucede no porque la mayoría de nosotros haya pasado algún tiempo sobreviviendo en la Sabana africana, o en algún pedazo de selva en la India (ambos lugares que se encuentran más en el imaginario colectivo que en la realidad), sino porque una y otra vez los grandes felinos han sido utilizados por el marketing como símbolos del poder y la destreza del hombre de negocios, del capitalista exitoso 5 pues, ¿no es esto una “selva de cemento”? ¿No rige la “ley del más fuerte” en la ciudad? Qué natural parece, entonces, comparlo con el “Rey de la Selva”. Lo cierto es que en la selva no existen monarquías; éstas, junto con la explotación y la inmensa capacidad destructiva siguen formando parte de las exclusividades de las que algunos humanos han gozado a través de toda la historia civilizada. Todas mentiras para naturalizar la lógica de la competición capitalista y hacernos digerir sin problemas la idea del dominio y la explotación, tanto entre nosotros como hacia otros animales.

Lo cierto, acerca de lo que morfológica y fisiolócamente somos, es que no somos alimentariamente especializados como un león o una vaca. Ni carnívoros, ni herbíboros. Los humanos somos omnívoros. Omnívoros como un cerdo, un zorro, un chimpancé. Guardamos más similitudes con estos tres últimos que con cualquier depredador. Nuestra especie posee un pasado arborícola, y el omnivorismo forma parte de las últimas modificaciones genéticas que nos dieron origen (tal como el bipedismo), es por ello que nuestra dentadura y tracto digestivo está en perfectas condiciones de digerir fibras vegetales, mientras que para consumir carne contamos con apenas un par de pequeños colmillos y ésta tarda cuatro días en salir de nuestros intestinos donde comienza, literalmente, a pudrirse. ¿Así que no somos cazadores por excelencia? Pues no.

No es natural, por lo tanto, que nos estemos deborando el mundo.

El mito del infalible progreso se cae a pedazos frente a nosotros. Mientras la casta científica experimenta con robótica o nanotecnología, la mayoría de nosotros ni siquiera sabe como funcionan los aparatos que hay en casa. Mientras en las olimpiadas los súper atletas rompen records mundiales el resto de la población mundial se debate entre la obesidad y la hambruna, o accede con dificultad a alimentos tóxicos y alterados genéticamente para el beneficio del capitalista que los cultiva. La lógica de “libre competición” en el “libre mercado” se cuela entre nuestros niños mediante la educación formal y los artefactos del progreso. No hay nada que escape al ojo ambicioso de quienes lo impulsan. La tierra, el agua, el aire y los animales (incluidos nosotros) somos los recursos de esta civilización, pero sólo en nuestras manos está el liberarnos. Este, como muchos, es un llamado a la reflexión, pero sólo a aquella capaz de encender la llama de la acción.

 

Aclaración: todas las fuentes han sido publicadas con el único propósito de una posible búsqueda. La propiedad intelectual es también un robo.

Lxs autores no adscriben necesaria afinidad ideológica con las fuentes citadas.

[¿Porqué no con un cocodrilo, o una pitón? ¿No son también depredadores? En la jerarquía de las especies, que nuestra especie encabeza, los demás animales son un producto de consumo más, donde su belleza o parecido con nosotros determina su popularidad y por lo tanto su demanda. Gracias a nuestra “preferencia” por los grandes felinos es que la mayoría de ellos están por desaparecer*]

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1 Coincidimos en un 99,4% de nuestros genes con los de los chimpancés, en un 97,7% con los gorilas y en un 96,4% con los orangutanes. URL: http://www.proyectogransimio.org

2 La arbitrariedad del signo lingüístico será tratada como tema en próximos números de la publicación.

3 “Los bendijo Dios y les dijo: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; ejerced potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y todas las bestias que se mueven sobre la tierra». Génesis 1: 28. Trad. Reina Valera 1995.


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